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Mandarava: la mujer que emergió del fuego

Tres veces intentaron apagarla. Tres veces emergió más luminosa. La historia de la princesa Mandarava trasciende el tiempo y las circunstancias.

En una larga lista de grandes figuras del budismo tibetano, el nombre de Mandarava resuena una y otra vez como el de una de las practicantes más extraordinarias de todos los tiempos.

En el siglo VIII, en el noreste de India, una princesa tomó una decisión que cambiaría el curso de su vida y dejaría una huella en la historia del budismo que llega hasta hoy. Tenía todo lo que su nacimiento podía ofrecerle: belleza, inteligencia, riqueza, un linaje real y pretendientes de los reinos más poderosos de su época. Y renunció a todo.

Lo hizo porque llevaba dentro una convicción que ningún privilegio podía callar: había venido a este mundo con un propósito diferente. Y ese norte la guió con cada decisión de su vida. Dejó atrás un trono, la seguridad, las expectativas de todos los que la rodeaban. Y, a cambio, encontró algo que ningún palacio podría haberle dado.

Esta es su historia. Y quizás, también, una invitación a preguntarnos qué llevamos dentro que ninguna presión podría hacernos abandonar. 

Contenidos

  1. Su infancia y su llamada interior
  2. Las expectativas sociales: el precio de seguir su camino
  3. El encuentro con Padmasambhava y la primera gran prueba
  4. Una dakini inmortal en acción
  5. Un legado que trasciende el tiempo

1. Su infancia y su llamada interior

Señales de un destino extraordinario 

Mandarava no vino al mundo por azar. Según los textos, en vidas anteriores había acumulado un mérito singular. Ella misma había sido la buddha femenina Pandaravasini, y eligió conscientemente reencarnar en el reino de Zahor, en el noreste de India, una región de profunda tradición budista.

Hoy esa región se identifica con el área de Rewalsar, conocida en tibetano como Tso Pema, el Lago del Loto, en el actual estado de Himachal Pradesh. Sus habitantes poseían cualidades nobles y una gran capacidad para recibir las enseñanzas del Dharma. Nada de todo esto fue casualidad.

Tanto su padre —encarnación de Shuddhodana, padre del Buddha Shakyamuni— como su madre, una dakini, tuvieron sueños auspiciosos antes de su nacimiento. Prodigios anunciaron su venida: un arcoíris de cinco colores sobre el rey y la reina, una lluvia de lotos rojos y magnolias doradas, el sonido de instrumentos invisibles entre las nubes. Quienes fueron testigos de aquellas maravillas se preguntaron si estaba a punto de llegar un buddha o un príncipe.

Cuando llegó el momento, las señales fueron aún más vastas. Arcoíris de formas distintas —luz amarilla en cuadrados, roja en medias lunas, verde en triángulos— llenaron el espacio. Flores de todos los colores brotaron del suelo y cayeron del cielo. La tierra vibró, los pájaros entonaron canciones melodiosas y apareció seda brocada junto a montones de granos y frutas. La niña nació en gozo y sin dolor, se levantó, se postró ante sus padres y les ofreció un canto de gratitud. 

No era la heredera del trono. Era Mandarava.

Mucho más allá del palacio

Desde los 8 años, Mandarava había expresado su deseo de dedicarse al Dharma. Los reyes, que la amaban entrañablemente, accedieron con una condición: que permaneciera dentro de los recintos reales. Fue allí, en las estancias superiores, donde se consagró al estudio con una intensidad fuera de lo común.

Aprendió literatura, composición, idiomas y dialectos del este y oeste de India, poética, lógica, gramática, canto, medicina y astrología. A los 13 años era ya la mayor erudita de su tiempo. 

Pero cuanto más sabía, más clara tenía una certeza. El sufrimiento inherente del samsara era inevitable, y nada de lo que la vida podía ofrecerle lograba calmar esa inquietud más arraigada. Inspiró a todas sus damas de compañía a adentrarse en el Dharma y solicitó permiso a su padre para ordenarse como monja budista. Él se negó; tenía otros planes para ella. 

La princesa era de una belleza excepcional, y cuando se hizo público que estaba en edad de casarse, emisarios de toda la India llegaron con sus propuestas. Mandarava los rechazó a todos, con la misma claridad y firmeza con la que había nacido. Su corazón le señalaba una dirección completamente diferente. Ese fue el primer gran punto de tensión con su padre… y no sería el último. 


2. Las expectativas sociales: el precio de seguir su camino

La negativa de Mandarava a casarse no fue un acto de rebeldía impulsiva. Fue una decisión nacida de una determinación inquebrantable. Aun así, en una sociedad donde las alianzas políticas se sellaban a través del matrimonio y donde el destino de una mujer estaba establecido por su cuna, esa convicción tenía un precio.

Los emisarios de diez reinos distintos llegaron a la Corte con riquezas, promesas y argumentos. El rey escuchaba. Deliberaba. Pero la princesa no cedía. Su respuesta fue siempre la misma: dedicaría su vida al Dharma. Si no podía seguir ese propósito, prefería morir y rezar para renacer en una tierra donde eso fuera posible.

El rey, incapaz de convencerla, ordenó a los sirvientes que no la dejaran salir del palacio. Quizás pensó que esa restricción la haría ceder. Nada de eso sucedió.

Mandarava utilizó ese tiempo para ahondar en su búsqueda interior. Hasta que un día escapó y buscó refugio en un jardín cercano. Allí, tomó sus joyas y sus ropas de seda y las hizo trizas, ofreciendo una plegaria para liberarse para siempre de tales adornos. Luego recibió los votos de ordenación. Era el primer paso hacia su libertad.

Ante ese hecho consumado, su padre aceptó finalmente lo inevitable y la apoyó activamente. Mandarava recibió los votos de bodhisattva. Se construyó un palacio donde ella y su séquito pudieron entregarse de lleno a la práctica.

3. El encuentro con Padmasambhava y la primera gran prueba

El maestro anunciado

Una noche, Mandarava tuvo un sueño extraordinario. De unos rayos de cinco colores surgía una flor dorada y, sobre ella, aparecía la emanación de un buddha. La figura se dirigió a ella con estas palabras: “Mañana, ve a la cima de la colina. Allí te daré las instrucciones que conducen a la liberación en una sola vida”.

Al despertar, reunió a sus seguidoras y les anunció que irían a caminar por los alrededores. Cuando llegaron a ese lugar, apareció ante ellas Gurú Padmasambhava irradiando una luz de todos los colores del arcoíris. Mandarava y su séquito le invitaron al palacio y le pidieron que girara la rueda del Dharma. Bajo su guía, recibieron enseñanzas del más alto nivel en el vehículo del vajrayana y se consagraron a sus estudios con una dedicación total, día y noche. 

Entre el fuego y las espinas: la primera prueba

No obstante, aquella paz no duró. Un pastor que los vio juntos comenzó a difundir rumores que llegaron hasta el rey. Indignado de que Mandarava, que había rechazado a soberanos de todos los rincones del mundo, ahora viviera junto a lo que consideraba un simple vagabundo, ordenó que ella fuera arrojada a un pozo de espinas, y que Padmasambhava fuera quemado vivo. 

La hoguera ardió. Pero cuando las llamas se apagaron, el fuego se había transformado en un lago de aceite de sésamo en cuyo centro florecía un loto. Sobre él, sereno e ileso, estaba sentado Padmasambhava. En el espacio se escucharon cantos auspiciosos, y el rey y todo su pueblo comprendieron, sin lugar a dudas, que aquel hombre era la manifestación de un buddha. Consumido por el remordimiento, el rey cayó de rodillas y ofreció su reino al gurú. Le suplicó que perdonara su error y que permaneciera en Zahor para enseñar el Dharma. El gurú aceptó. 

Mientras todo esto ocurría, Mandarava permanecía en el pozo de espinas. Cuando el rey le envió mensajeros para que saliera, ella se negó. Cuando su madre fue en persona a suplicarle, también se negó. Su mayor pena no era el tormento de su encierro, sino lo que le habían hecho a su gurú.

Solo cuando su padre llegó en persona, se arrodilló ante ella y le pidió perdón entre lágrimas, accedió a salir. Aquello había sido concebido como un castigo. Para Mandarava fue una prueba que pasó con una dignidad que dejó sin palabras a quienes la presenciaron.

Cuando por fin salió, Mandarava se encontró con la región de Zahor transformada, y con Padmasambhava esperándola. Durante tres años, ambos giraron allí la rueda del Dharma. Toda la Corte abrazó ese sendero. El lago que surgió de aquel fuego es hoy uno de los lugares de peregrinación más sagrados del budismo tibetano: Rewalsar o Tso Pema, el Lago del Loto. 

Las condiciones adversas como riqueza

Llegó el día en que Padmasambhava anunció que se marchaba a Maratika —una cueva en el actual Nepal— cuyo nombre en tibetano significa, literalmente, ‘aquello que elimina la muerte’. 

Sus últimas palabras antes de partir fueron sobre la impermanencia y el sufrimiento del samsara. Calaron tan hondo en Mandarava que, cuando él desapareció en el horizonte, ella emprendió su propio camino, también hacia Maratika, con la determinación de quien ya no tiene nada que perder.

Montañas inhóspitas, junglas densas, cementerios. La soledad y las dificultades extremas pusieron a prueba cada fibra de su temple. En el instante más difícil, Mandarava invocó a su gurú. A través de su omnisciencia, él supo de su angustia y acudió a ella. Le dijo: 

Un entorno estremecedor como este es precisamente el catalizador para que emerja la verdadera práctica. Las condiciones adversas son la auténtica riqueza del practicante. Un lugar incómodo y aterrador es el cuchillo que corta el pensamiento discursivo.

Tras escuchar estas palabras, todos los velos que oscurecían la mente de Mandarava se purificaron y algo en ella se abrió de forma irreversible.


4. Una dakini inmortal en acción

Maratika

En la cueva de Maratika, tras meses de práctica intensa e ininterrumpida, Mandarava y Padmasambhava tuvieron una visión directa de Amitayus, el Buddha de la Larga Vida. Así, alcanzaron el estado de vidyadhara inmortal, un nivel de logro que trasciende el ciclo ordinario del nacimiento y la muerte. 

Desde ese momento, Mandarava fue reconocida como una dakini de sabiduría imperecedera —Dungmen Karmo, la Doncella de la Caracola Blanca—, y es así como aparece representada hasta hoy en el arte budista tibetano: sosteniendo una flecha y un jarrón de larga vida, símbolos de esa conquista. 

Gracias a esta realización, Padmasambhava pudo prolongar su actividad en el mundo el tiempo suficiente para viajar al Tíbet e introducir allí el budismo vajrayana. 

Y para Mandarava lo que siguió fue la incansable labor de una figura plenamente realizada, recorriendo regiones y países, sanando enfermedades, deteniendo conflictos y guiando comunidades enteras hacia el Dharma. 

Junto a Padmasambhava, estuvo en Kotala, y allí mil mujeres tomaron votos de ordenación con ella como maestra. Incluso regresó a Zahor, donde sus propios padres, guiados por sus enseñanzas, alcanzaron el despertar. En cada lugar que visitaba, la presencia de Mandarava dejaba una huella duradera. 

Oddiyana: la segunda prueba

Reunidos de nuevo, Mandarava y Padmasambhava emprendieron el viaje hacia Oddiyana. Su llegada despertó los celos de una princesa de ese lugar, quien instigó a un ministro a actuar a espaldas del rey. Sin consultar al soberano, el ministro ordenó quemar a ambos vivos.

Y una vez más, el fuego se transformó en lago y ambos emergieron ilesos. El rey, al descubrir lo ocurrido, quedó profundamente conmovido. El gurú pidió entonces a Mandarava que se dirigiera específicamente a esa princesa para aliviar su sufrimiento. Así lo hizo. El Dharma se extendió por todo el reino hasta que todos sus habitantes alcanzaron la iluminación. 

Shambhala: la tercera prueba

Había llegado la hora de que Padmasambhava partiera hacia el Tíbet. Antes de hacerlo, le encomendó a Mandarava una misión más: ir a Shambhala para enseñar a sus habitantes. Ella emprendió ese viaje sola, con la autoridad de una maestra consumada.

Allí permaneció durante quince años, no sin obstáculos. Cuando el rey de uno de sus territorios envió ministros a preguntarle si quería convertirse en su reina, Mandarava respondió con la misma claridad de siempre. No tenía ningún interés en el samsara ni en ocupar el rol que otros le asignaban. El rey enfurecido, ordenó quemarla viva. De nuevo, ella emergió serena sobre un loto en el centro de un lago. 

Al escuchar las noticias del milagro, trece reinos quedaron asombrados y desarrollaron una gran fe hacia ella. Más de un millón de personas encontraron la liberación en esa región.

La disolución

Al concluir su misión en Shambhala, Mandarava viajó a Singhala para reunirse con Padmasambhava. El momento había llegado.

Cuando anunció a sus discípulos que estaba a punto de disolver su forma física, una joven de Zahor le suplicó entre lágrimas que no se marchara. Hablando de sí misma en tercera persona, con la ecuanimidad de quien ya no se aferra a nada, Mandarava respondió. Lo siguiente es el sentido de sus palabras:

Nadie en este mundo es permanente. Un arcoíris aparece claro e inmóvil en el cielo, pero desaparece en un instante. Las flores del verano brillan con todo su esplendor, pero se desvanecen con el cambio de estación. Incluso un rey poderoso debe abandonar su trono. Incluso el cuerpo vajra de un buddha perfecto debe ir más allá del dolor. Nada, sin excepción, escapa a la impermanencia. Mandarava, la princesa de Zahor, ha realizado muchas acciones por el bien de los demás, pero no puede permanecer. Debe continuar su camino para seguir beneficiando a los seres.

Mientras hablaba, su cuerpo comenzó a transformarse en luz hasta partir por completo. En ese mismo instante, novecientos de sus discípulos más cercanos se disolvieron también en cuerpos de arcoíris.

Mandarava partió hacia el paraíso de Akanishta, donde surgió como la dakini de la sabiduría primordial. Según los textos, sus emanaciones continúan manifestándose sin cesar para guiar a los seres en su sendero hacia la liberación.


5. Un legado que trasciende el tiempo

La vida de Mandarava tiene trece siglos de antigüedad. Con todo, algo en ella se siente cercano, inmediato, casi familiar. Quizás porque las preguntas que ella se hizo —¿qué es lo que realmente importa?, ¿a qué estoy dispuesta a renunciar por seguir ese camino verdadero?— son preguntas que siguen resonando en el interior de cualquier persona que mira hacia dentro.

Lo que acabas de leer es solo una parte de su historia. El texto tesoro que la explica en detalle —un terma revelado siglos después de ser ocultado— fue traducido al inglés por primera vez a finales del siglo XX. Que haya llegado hasta nosotros es, en sí mismo, un regalo.

Lo que nos deja no son las circunstancias de su época ni las batallas que tuvo que librar para poder simplemente elegir su propio camino. Nos ofrece algo mucho más perdurable: el ejemplo de sus cualidades, la determinación valiente, la compasión inquebrantable, la devoción inagotable, la sabiduría y la capacidad de transformar cada obstáculo en un paso más hacia la libertad… y un faro para nuestra propia búsqueda. 

Mandarava es una heroína por derecho propio, una que trasciende el tiempo y las circunstancias externas. Y su ejemplo nos recuerda que esa búsqueda, con toda la valentía y la claridad que requiere, también es nuestra. 


¿Te ha inspirado la historia de Mandarava?

Su vida nos invita a reflexionar sobre la nuestra. ¿Qué cualidades de Mandarava resuenan contigo? ¿Qué obstáculos en tu propia vida podrían convertirse en un catalizador para crecer? Tómate un momento para contemplarlo.

Y si sientes curiosidad por conocer más sobre las grandes mujeres en el budismo, te invitamos a seguir explorando. La vida de Mandarava es solo una de las muchas voces femeninas extraordinarias que han inspirado e iluminado generaciones de practicantes.

Dentro de la Tradición Sakya, figuras como Yetsunma Chime Tenpe Ñima (1756-1855), Yetsun Kushok Chimey (n. 1938) y Yetsunma Kunga Trinley Palter (n. 2007) nos recuerdan que esta línea de mujeres notables llega hasta nuestros días.

¿Hay alguna persona con una vida ejemplar sobre la que te gustaría saber más? 

¡Cuéntanoslo en los comentarios!


Bibliografía

Lama Chonam, Sangye Khandro y Janet Gyatso (traductores). The Lives and Liberation of Princess Mandarava. The Indian Consort of Padmasambhava. Boston: Wisdom Publications, 2015.

Jacoby, Sarah. “Mandāravā”. The Treasury of Lives: A Biographical Encyclopedia of Tibet, Inner Asia and the Himalayan Region. Publicada en agosto de 2007. 

Khyentse Vision Project. A Praise to Deathless Mandāravā: Text of the Month — enseñanza de Sangye Khandro. Disponible en YouTube.


Imagen de Anahí Yanez Pagans

Anahí Yanez Pagans

Especialista en marketing y panadera artesanal. Estudiante de filosofía y meditación budista.

4 respuestas

  1. Muchas gracias a la escritora por este artículo y a Paramita por publicarlo. Pienso que los referentes femeninos son muy necesarios todavía.

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