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Kisa Gotami: cómo la pérdida puede transformarnos

Una historia budista sobre la impermanencia, el duelo y el camino hacia la paz interior

Todos conocemos ese dolor… o algún día lo conoceremos. El momento en que la vida que teníamos se detiene, y el mundo sigue girando como si nada hubiera cambiado. La muerte de un ser querido nos deja sin suelo bajo los pies, buscando respuestas que el dolor no deja ver.

Hace más de dos mil años, el Therigatha —los poemas de las mujeres despiertas— preservó el testimonio de Kisa Gotami, una de las discípulas más queridas del Buddha. Sufrió la muerte de su único hijo y recorrió las calles con su cuerpo en brazos, negándose a aceptar lo inaceptable. 

Su historia atraviesa el tiempo y la cultura: nos habla de lo que sentimos cuando amamos y perdemos… y de lo que es posible al otro lado del pesar.

¿Puede el sufrimiento convertirse en el umbral hacia una comprensión más profunda de la vida? 

La respuesta de Kisa Gotami nos dice que sí.

Contenidos

  1. ¿Quién era Kisa Gotami?
  2. La pérdida y el dolor desesperado
  3. Las semillas de mostaza: la muerte que nos iguala
  4. La fuerza femenina en su despertar
  5. Un mensaje para quienes atraviesan duelos hoy
  6. El umbral del despertar

1. ¿Quién era Kisa Gotami?

Kisa Gotami era una mujer joven que vivió en tiempos del Buddha en Shravasti, en el norte de la India. Era tan alta, delgada y demacrada, y tan acusada su pobreza, que todos la conocían simplemente como Kisa: la ojerosa, la frágil. 

Gotami era el nombre de su clan, el mismo que el del Buddha, pero era Kisa lo que la definía ante los ojos del mundo. En su andar era imposible adivinar la riqueza interior que llevaba consigo.

Su rumbo cambió cuando un rico mercader pudo ver en ella esa calidad, y la eligió inesperadamente como esposa. Los demás miembros de la familia de su marido, en cambio, la trataban con desdén, lo que le causaba gran aflicción. 

Al dar a luz, Kisa Gotami fue por fin aceptada. Más allá del amor materno, su hijo representaba su seguridad, su paz y su lugar en el mundo. Pero, sin saberlo, había construido su felicidad sobre algo frágil.

Un día su hijo enfermó. Por más que lo cuidó, no hubo manera de salvarlo. Su muerte la dejó completamente desolada. Temía que los suyos volvieran a despreciarla, que la ciudad entera la señalara, que su marido la abandonara.

Bajo el peso de un dolor que rozaba la locura, tomó el cuerpo del niño en brazos y recorrió Shravasti suplicando una medicina que lo devolviera a la vida. Algunos la ignoraban, otros se reían de ella, otros pensaban que había perdido la razón. No fue hasta que un hombre sabio y compasivo se fijó en ella y, comprendiendo que el dolor le había nublado la mente, le aconsejó que fuera a ver al Buddha, “el mejor de los médicos”.

El Buddha la escuchó y le ofreció la medicina: semillas de mostaza, obtenidas en cualquier hogar donde nunca hubiera muerto nadie.

Kisa Gotami fue casa por casa con esperanza renovada. En cada una le daban lo que pedía, pero en cada una la respuesta era la misma: “¿Que si ha muerto alguien aquí? Por supuesto. Los muertos son más numerosos que los vivos”.

Al caer la tarde, lo que ninguna palabra hubiera podido transmitirle, su propia experiencia se lo había revelado: 

La muerte no era su enemiga personal, sino la condición compartida de todos los seres.

En ese momento pronunció estas palabras:

No es una verdad para un solo pueblo o ciudad,
ni para una sola familia.
Para todo el mundo habitado por dioses y hombres,
esto es lo que es verdad: la impermanencia. 

Llevó el cuerpo de su hijo al cementerio y lo dejó allí. Regresó ante el Buddha. “Zanjado está, Señor, el asunto de las semillas de mostaza”, le dijo. “Tú me has restaurado”. 

Tomó refugio en las Tres Joyas y dedicó su vida a la práctica del Dharma hasta alcanzar el estado del arjat.

2. La pérdida y el dolor desesperado

…toda la experiencia que he tenido con la muerte, todos los pacientes a los que he acompañado hasta el final, todo mi supremo distanciamiento y mi racionalidad literaria sobre el tópico de la muerte…, todo eso se evaporó en presencia de mi propio “terror”.

—Irvin D. Yalom, Memorias de un Psiquiatra, p. 349.

Aunque comprendemos que todo lo que nace ha de cesar y que la impermanencia es innegable, el dolor que surge cuando muere un ser querido nos atraviesa profundamente y nos sumerge en un proceso gradual de adaptación a una nueva realidad. No es un tránsito inmediato ni lineal: implica aprender, poco a poco, a habitar la ausencia. Quien ha amado siente inevitablemente lo hondo de esa pérdida.

Lloramos la ausencia, y con ella, el desmoronamiento de todas las creencias conscientes e inconscientes construidas en torno a la vida y la muerte. Nos sentimos como si, de repente, nos arrebataran la razón de ser.

Elisabeth Kübler-Ross identificó cinco etapas en el duelo que nos ayudan a entender lo que podemos estar sintiendo. Cada persona las atraviesa en un orden distinto y a su propio ritmo. Son una brújula: orientan, sin dictar el camino.

Negación

Kisa Gotami nos muestra este extremo cuando lleva a su hijo muerto en brazos pidiendo de puerta en puerta una medicina que le devuelva la vida. El dolor demasiado grande no cabe de golpe. Negar es un mecanismo de defensa para sobrellevar el malestar y distanciarnos internamente de lo que aún desborda nuestra capacidad de asimilar. 

A veces se expresa como incredulidad, como la sensación de que todo es una pesadilla de la que despertaremos. Otras veces se manifiesta como un distanciamiento excesivo, como si la pérdida nos fuera ajena. Podemos incluso mantener las cosas del fallecido tal y como las dejó, esperando a que entre por la puerta.

La irreversibilidad de la muerte comienza a instaurarse gradualmente: en el día a día sin el ser querido, en las fechas señaladas que iremos pasando sin su presencia, en que otros lo recuerdan o nosotros hablamos de él. A veces incluso se nos olvida que no está y nos viene a la cabeza llamarle… entonces, la ausencia regresa de golpe.

La aceptación de la muerte se empieza a imponer poco a poco, aunque queda todo el camino interior por delante.

Ira

La irritabilidad, la impotencia, el enfado, la rabia —emociones asociadas a la aversión hacia aquello que frustra nuestros deseos o que nos arranca lo que amamos— forman parte natural del duelo.

Tal vez nos enfadamos con la persona fallecida por haberse descuidado, o con nosotros mismos por no haber hecho más. A veces, el sentimiento de culpa también puede formar parte del proceso. 

El mundo continúa a nuestro alrededor, y esto también duele.

La ira y la aversión revelan cuánto seguimos aferrándonos a lo que hemos perdido. Señalan las partes de nosotros que aún no han aceptado la separación y la nueva realidad.

Negociación

En esta etapa la mente intenta modificar el pasado y quiere prevenir el futuro. 

Exploramos el cómo, el porqué, lo que se hubiese podido evitar y tantas otras preguntas sin respuesta.

Se evidencia el intento de querer cambiar los hechos al comprobar, inevitablemente, que el ser querido se ha ido para siempre.

Depresión

En esta etapa, que puede incluir vacío emocional, abatimiento, soledad, pérdida de sentido y llanto, la emoción más frecuente es la tristeza profunda.

Son momentos intensos y difíciles, pero también pueden ser fértiles, ya que permiten una conexión más honesta con la pérdida y ayudan a sentar las bases de una nueva comprensión.

Kisa Gotami carga con el cuerpo del niño fallecido hasta que empieza a soltar. Todos arrastramos algo en este tránsito: heridas no resueltas, asuntos pendientes, la forma en que vivió la persona que falleció, entre tantas otras cosas.

Es muy importante saber que si el peso se vuelve demasiado grande, acompañarse de un profesional de la salud mental es un acto de sabiduría y cuidado hacia sí mismo.

Aceptación

La aceptación es una relación inteligente con el presente. El dolor puede seguir ahí; lo que cambia es que dejamos de luchar contra lo que es. Surge el alivio de dejar de resistirse. Vamos integrando la pérdida en nuestra historia personal.

A medida que avanzamos, volvemos a disfrutar de las relaciones, actividades y demás cosas buenas que nos ofrece la vida. Hemos crecido. Recordamos a nuestros seres queridos con gratitud por el tiempo compartido.

El trabajo psicoemocional y espiritual en el duelo nos da la opción de elevarnos hacia valores profundos y universales. Podemos desarrollar una compasión más genuina, entender sin filtros la impermanencia, relativizar los problemas cotidianos.

Nos damos cuenta de que el amor, la atención y el cuidado son lo que puede perdurar.

3. Las semillas de mostaza: la muerte que nos iguala

Kisa Gotami gracias a su mérito, se encontró con el Buddha. Mérito, en el sentido budista, va más allá del privilegio o de la suerte. Es la madurez interior acumulada a través de acciones virtuosas y aspiraciones sinceras. Había en ella algo que la llevó, en el momento justo, hasta el único ser que podía ayudarla. 

Lejos de recibir un “sermón”, el Buddha ofrece a Kisa Gotami el descubrimiento de la compasión y la sabiduría a través de su propia experiencia. No le explicó la impermanencia. La acompañó a vivirla.

Con una indicación aparentemente sencilla —buscar semillas de mostaza en un hogar donde nunca hubiera muerto nadie— le tendió un espejo en el que toda la humanidad estaba reflejada. Así comprendió que la naturaleza de la vida es el nacimiento y la muerte, que compartimos el dolor y que somos iguales en lo importante. 

Lo que ninguna palabra hubiera podido transmitirle, su propio recorrido de casa en casa se lo había revelado. 

Vio con claridad que el movimiento es la constante, que lo externo escapa a nuestro control y solo podemos cultivar nuestra propia mente para lidiar con las pérdidas y las situaciones difíciles que se nos presenten. 

La historia de Kisa Gotami retrata con fidelidad lo que las Cuatro Nobles Verdades enseñan: el sufrimiento forma parte de la experiencia humana no iluminada. Tiene su origen en las aflicciones —la ignorancia, el aferramiento, la aversión—. Pero hay remedio. El camino del amor, la compasión, la conducta correcta, la atención, la sabiduría… el Óctuple Sendero nos lleva hacia la cesación del sufrimiento.

4. La fuerza femenina en su despertar

Dos fuerzas hicieron que Kisa Gotami desvelase su “naturaleza búdica”: la compasión y la sabiduría.

Reconocer la existencia del sufrimiento que acompaña a los seres sintientes, el pesar de todas las madres y seres que han amado y han tenido que soltar, nos acerca a la humanidad compartida, al amor y la compasión. 

Una noche, ya ordenada monja, Kisa Gotami contemplaba el chisporrotear de su lámpara de aceite. Observando cómo las llamas subían y bajaban, se encendían y se apagaban, comprendió en silencio lo que había estado viviendo: así era la vida, así era la muerte. El Buddha, sabiendo que estaba preparada, le ofreció estos versos:

Es mejor vivir un solo día
y ver el estado inmortal.
Que vivir cien años
y no verlo.

—Dhammapada 114

Al escucharlos, Kisa Gotami se liberó de todas las trabas y alcanzó el estado de arjat, un ser completamente liberado.
Significativamente, fue el amor hacia su hijo el punto de partida de su despertar. Es la plataforma desde la que podemos desarrollar la versión más pura de él, libre de obsesiones y mucho más espaciosa, acercándonos a un amor sin límites.

El saber budista nos recuerda que todos los seres, en nuestras innumerables vidas, han podido ser nuestra madre o energía femenina con la que estamos en deuda. Y, esta deuda se sana queriendo a los demás. 

Cuando mi padre falleció hace once años, practicaba algo de meditación y budismo de manera bastante superficial. Cansada de sufrir, y con este golpe que vino junto a una ruptura de pareja, empezaron a caer mis esperanzas de encontrar la paz en algo externo. Comprendí que la única salida era transformar la mente.

Me di cuenta de mis asuntos pendientes, mis límites, mi falta de apertura genuina. Gracias al encuentro con el querido Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen, me vi inspirada a encarrilarme en la meditación y las enseñanzas del Dharma. No es lo mismo pasar la vida que aprovecharla, darle sentido y cambiar para mejorar.

Tocar el peso de perder a alguien que quieres te deja vulnerable. Necesitamos aprender a reconfortarnos, a ser nuestros mejores amigos, a aceptarnos. La compasión hacia uno mismo es la semilla de algo mucho más vasto. Todo ello nos prepara para confiar en esa fuerza que trasciende el género, que se nutre de la práctica del Dharma, de la aspiración y del cultivo de bodhichitta.

La bodhichitta es la no-dualidad de la sabiduría y la compasión. Todas las demás virtudes realmente no pueden controlar ni destruir las poderosas acciones negativas. Por lo tanto, tenemos que hacer un esfuerzo adicional para desarrollar esta bodhichitta.

—S. S. Sakya Trizin 42, Ratna Vajra Rinpoché, El camino del bodhisattva

En sus versos de liberación, Kisa Gotami lo expresó con una sencillez que atraviesa los siglos:

El dardo he extraído, la carga he dejado caer,
He hecho, pues, lo que tenía que hacer.

La conciencia de la muerte nos impulsa a no perder el tiempo. La impermanencia —anicca en pali— es la sabiduría que espabiló a Kisa Gotami. Acoger el cambio nos ayuda a salir de la ignorancia y a emprender el camino de la maduración espiritual.

El dolor es inevitable, pero el sufrimiento añadido —las capas de resistencia, la rumiación, el miedo— es opcional. Podemos aprender a soltarlo, y la meditación nos ayuda mucho a transitar el duelo en paz.

5. Un mensaje para quienes atraviesan duelos hoy

Nacer es un milagro y morir también.

—Alejandra Vallejo Nágera

El nacimiento humano entre millones de posibilidades es un gran milagro y una oportunidad: una vida irrepetible y única.

La muerte establece un lapso de tiempo, da sentido al espacio entre vida y muerte, nos iguala, nos humaniza, nos hace humildes. Nos aproxima al resquebrajamiento de nuestras creencias limitadas y de las identidades que tan cuidadosamente hemos construido.

Nos recuerda el Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen que damos por descontadas demasiadas cosas, pero la ley del cambio se impone a cada instante. Sobre la impermanencia dice que no hay debate entre religiones, ni entre ciencia y espiritualidad, ni entre ninguna visión del mundo. Todo lo que está compuesto se descompone. Todo cambia. Todo pasa.

Y, sin embargo, cuando la pérdida nos golpea, esa verdad tan obvia se vuelve insoportable. 

Es necesario vivir las emociones que sentimos en el duelo: el dolor de no poder tocar, abrazar ni hablar con la persona querida. Nuestra mente, plagada de aflicción, y nuestro cuerpo experimentan el impacto de esa separación.

Mientras no estamos iluminados, el amor se mezcla inevitablemente con el apego. Por eso, más amor, más pena. Pero también más resiliencia. 

Kisa Gotami se transformó gracias al poder del cambio, de la interdependencia y de la vacuidad. Nos podemos hundir o tocar fondo y emerger. Su historia nos muestra que el mérito de llegar hasta el Buddha —de rendirse, de aceptar la muerte como tránsito— fue el impulso para sacar provecho de su vida y encaminarla al despertar.

Los maestros nos aseguran que reflexionar sobre las Cuatro Contemplaciones que voltean nuestra mente hacia el Dharma —la impermanencia, el karma, los defectos del samsara y la preciosa vida humana— nos ayuda a establecer una renuncia genuina de la felicidad superficial y nos conduce a una felicidad más verdadera y duradera.

Entre las grietas de la mente se cuela la luz siempre presente de la mente natural, la mente prístina. Como dice el Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen, «la mente prístina es bondadosa, llena de gozo, de gracia, de paz, un estado infinito más allá de todos los parámetros…».

Hacer oraciones, escuchar atentamente las enseñanzas, reflexionar, meditar… y todos los medios que el Dharma pone a nuestra disposición nos acercan a la comprensión de la impermanencia y a la verdad, como le ocurrió a Kisa Gotami. Ella se hundió y encontró al Buddha. Tomó refugio y se orientó hacia el Dharma acompañada por la Sangha hasta llegar a su iluminación.

6. El umbral del despertar

La muerte es lo único seguro y, paradójicamente, lo más difícil de atravesar. Pero ese miedo puede convertirse en impulso —junto a la fe y a la compasión— para tomar refugio en las Tres Joyas y aprovechar esta oportunidad preciosa de crecer y florecer.

¡Ojalá que lo que duele profundamente pueda al mismo tiempo transformar, revelar y abrir!

Que este artículo sea un homenaje a la fuerza femenina en el corazón de todos los seres y pueda beneficiarles.


¿Y tú?

¿Has vivido alguna pérdida que te haya cambiado de forma inesperada?

¿Qué te ha ayudado a franquear el duelo?

¿Qué es lo que más ha resonado en ti de la historia de Kisa Gotami?


Si te has identificado con este artículo

La historia de Kisa Gotami vive en el Therigatha, una colección extraordinaria de poemas escritos por las primeras mujeres que alcanzaron el despertar. Voces antiguas que hablan, sorprendentemente, de lo que sentimos hoy.

Therigata, voces de las primeras monjas budistas

Si el miedo a la muerte también forma parte de tu camino, Venerable Gyaltsen ofrece cinco prácticos consejos budistas para recorrerlo con más serenidad.

Miedo a morir: 5 consejos budistas para superarlo

Y si quieres profundizar en la relación entre apreciar la vida y perder el miedo a la muerte, María del Mar Cortina te invita a una reflexión filosófica y personal.

Cuanto más aprecias la vida, menos temes la muerte


Bibliografía

Aguado, Jesús. Therigatha. Poemas budistas de mujeres sabias, Barcelona: Editorial Kairós. 2016.

Kübler-Ross, Elisabeth y David Kessler. Sobre el duelo y el dolor. Ediciones Luciérnaga. 2006.

La Historia de Krisha Gotami – La semilla de mostaza , YouTube, 3:45, publicado por Ciencia del Saber, 16 de septiembre del 2017.

Olendzki, Andrew. Skinny Gotamī and the Mustard Seed”. Access to Insight (BCBS Edition), 30 noviembre de 2013.

Paramita. Cómo afrontar la muerte o la impermanencia”. YouTube. 9 de noviembre de 2022. 

Sogyal Rimpoché. El libro tibetano de la vida y de la muerte. Barcelona: Ediciones Urano. 1994.

Thanissaro Bhikkhu, trans. Kisāgotamī (Therīgāthā 10.1)”. SuttaCentral. Accessed March 26, 2026. 

Thera, Nyanaponika y Hecker, Hellmuth. Grandes Discípulos de Buda. Su vida, sus actividades, su legado. Ediciones Dharma: Novelda. 2002.

Yalom, Irvin D. Memorias de un psiquiatra. Traducido por Mirta Rosenberg y Gastón Eduardo Navarro. Barcelona: Ediciones Destino, 2019.


Imágenes

OpenAI. Imágenes generadas por IA. Creadas con ChatGPT (DALL·E), 2026.


Imagen de Idoya Fayos Escrivá

Idoya Fayos Escrivá

Psicóloga. Profesora de Viniyoga y practicante de Dharma.

7 respuestas

  1. Muchísimas gracias querida Idoya por este maravilloso artículo escrito sin duda, desde tu corazón. Un super mega Dharma-abrazo y hasta pronto. Kunga

  2. Hola Idoya, gracia por este articulo al igual que Kisa Gotami yo perdi a mi hijo hace un poco mas de 3 años y he pasado por todas las situaciones aqui descritas, pero cuando todos se fueron despues de los servicios funearios, cuando me encontre sola llego a mi en youtube la enseñanza de Soltar del venerable Kempho Rinchen y mi vida dio un giro, logre tomar refugio y ahora mi vida esta dedicada a el Dharma, reflexionando en las cuatro contemplaciones ahora comprendo que el dolor es inminente pero el sufrimiento es opcional y estoy en el camino.
    Mil gracias y un enorme abrazo.
    Ngawang Chimey

  3. Querida Idoya, muchas gracias por esta reflexión tan profunda.
    He perdido a mis padres, la más reciente , la de mi madre y he pasado por esas etapas , aún ahora a veces me resulta extraño q su presencia física ya no este .
    En mi mente corazon sano lo q quedo pendiente.para crecer en libertad y amor .
    La vida , como ha todos se ha llevado ilusiones , creencias, dogmas, expectativas erróneas y en ese aprendizaje de soltar , tenemos la oportunidad de crecer y madurar.
    Un abrazo

  4. Gracias por compartir este contenido, que no solo se entiende con la mente, sino que se siente en el corazón. En algún momento de nuestras vidas todos nos identificaremos con Kisa Gotami.
    Preciosa enseñanza.
    Un abrazo!

  5. Gracias V. Kunga por leerlo con tanto amor. Gracias a vosotras Karina y M. José por compartir vuestra historia y la valentía de crecer. Gracias Giselle, un abrazo 🙏

  6. Idoya querida, muchas gracias por tan bello artículo.
    Entiendo lo que es estar ahí al haber “perdido” a mi bebé y casi volver a “perder” a mi hija Azul, quien hoy en día es una gran practicante del Dharma.

    Como madre, gracias al Buda, Dharma y Sangha en las sabias palabras y consejos de Ven. Khenpo la y de los Venerables, iluminaron mi oscuridad y pude comprender por qué vivía con mi hijo una “pérdida” y de nuevo con mi hija una “posible pérdida”.
    El Buda histórico, como en cada caso de nuestra vida diaria, nos enseña el qué y el cómo hacer extraordinarias y trascendentes, los eventos y situaciones en la vida samsárica.

    El Buda, al nacer su hijo, le puso por nombre: Rāhula, traducido como, “el lazo”, “el obstáculo” y en ocasiones “el que amarra” o “el que encadena”.

    Aprendí que como padres, y más aún, como madres/padres que desarrollamos el rol de la maternidad/paternidad conceptualizada y en consenso con nuestras raíces hispanoamericanas, tenemos mucho que aprender del Buda, quien se nos presenta como modelo a seguir en el reconocimiento de llamar a su hijo, Rāhula.

    El Buda sabía, que lo mejor que podía darle a su hijo, era el camino hacia la liberación, emprendiéndolo el mismo, para mostrárselo y enseñárselo mas tarde.

    Que los Budas de todos los tiempos nos asistan en hacer lo mismo, y así poder contribuir en la liberación de quienes han sido, son y serán nuestros hijos en todos los tiempos y espacios.

    Gracias por tan hermoso artículo
    🙏🏼💕
    Kunga Lathso Khönchok Jampal Choezin// Viviana

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