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El dogma más peligroso es el personal.  La amenaza a nuestra libertad no viene tanto de una creencia que viene de afuera, sino del dogma que nosotros mismos mantenemos. ¿Cuál es entonces la diferencia entre una enseñanza, una creencia y un dogma? En esta sutil distinción reside la clave para introducirnos con éxito en el camino espiritual.

Hoy en día está bastante extendida una etapa muy particular del desarrollo de la conciencia humana: el anarquismo espiritual. Como forma parte de la etapa individualista a la que pertenece, uno no quiere comprometerse con algo mayor porque parece que se perdiera la individualidad, la libertad personal. El argumento se puede escuchar en muchos círculos de meditación: “Me encantan estas enseñanzas, la meditación, los cursos… Pero yo no pertenezco a los “ismos”. Buda no fue budista, Jesús no fue cristiano… Todo eso son instituciones humanas. Yo lo que quiero es la enseñanza en sí, porque es lo que nos cambia, lo que necesita el mundo. La institución es una creación humana.”

Esto es una confusión.

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J. Krishnamurti, uno de los más famosos anarquistas espirituales.

Se confunden dos cosas: la enseñanza del Sutra del corazón, en la que la tradición es un vehículo, y el “ismo”, el dogma, en donde la tradición es la Verdad última. Las personas que adoptan un dogma tienen una lectura muy literal de las enseñanzas: “Esto es tal y como lo pone aquí”. Hay poco lugar para la interpretación o la contextualización. La enseñanza no es una pista para encontrar la Verdad; es la Verdad.

Pero tampoco hay que demonizar el dogma. El dogma sirve para una mente que se encuentra en la etapa grupal. Hay diferentes etapas del desarrollo de la conciencia: grupal, individual, trascendental y no dual. Para personas que están en la etapa grupal es muy necesario que algo o alguien ahí afuera ­–los Antepasados, el Libro, la Tradición– diga lo que es Santo y lo que es Diabólico. Ese tipo de mente no tolera ambigüedades. O es blanco o es negro. Y algo o alguien lo tiene que decir claramente.

Por ejemplo, hay algunas comunidades en Oriente Medio –no todas, por supuesto– que tienen esta conciencia grupal y son extremistas. Necesitan una enseñanza cuadriculada. Y curiosamente, no se sienten tan amenazados por los drones estadounidenses como por sus películas. Sus hijos descargan de Internet una película de Hollywood y, de repente, la mujer tiene un papel muy diferente del que dice la Escritura. ¡Los roles del hombre y de la mujer están patas arriba! Hay demasiada ambigüedad, y es muy difícil que puedan resolver estas incertidumbres con las herramientas culturales que les da la comunidad. Para una mente en esta etapa, la tradición y el dogma son la mejor y única opción para navegar la complejidad del mundo.

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Bombas de dos horas de duración.

Después de esta etapa hay un periodo de transición en el que empiezan a surgir el sentido común, la ciencia empírica y la racionalidad. Estas, a su vez, le empiezan a ganar terreno a la fe ciega en el dogma. Es justo entonces cuando empieza el movimiento de la mente individual. El ser ya no se identifica como tribu, clan, o antepasados, sino como individuo. Por supuesto, ahí el “ismo” tiene poca cabida. El individuo piensa que, si pertenece, pierde.

Y ahí empiezan los divorcios. También los conflictos personales, y muchos traumas psicológicos. Curiosamente, en la conciencia grupal no tienen divorcios. Sin duda, viven amargados durante mucho tiempo, pero no hay divorcios; el grupo ya da la solución a lo que pueda surgir. Hay pocas crisis psicológicas porque todo tiene un porqué.

Pero cuando el individuo tiene que comprender por sí solo cuál es su papel en la vida y en el mundo, aparece mucho estrés. Mucha presión. Algunos no pueden con ello, y caen en depresión, o entran en una crisis.

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Intentando llenar este vacío existencial se entra en la siguiente etapa de transición del individualismo, y surge la anarquía espiritual. En ella, aparece la tendencia a ver las tradiciones y enseñanzas como algo artificial. Se confunde la espiritualidad con la religión. O mejor dicho, la religión trascendental con la religión ortodoxa. Se cree erróneamente que lo que posibilita dar un salto evolutivo nos hace involucionar.

Por ello, si queremos profundizar en el Dharma, tenemos que hacerlo de una manera habilidosa. Como dice el Sutra del corazón:

En vacuidad […] no existe el sufrimiento, ni su causa, ni su cesación, ni camino, ni sabiduría suprema, ni logro, ni ausencia de logro.

Hay que utilizar el Dharma como un vehículo que nos transporta. Todo lo que leemos y estudiamos es una pista para que cada uno de nosotros encuentre la Verdad. Cada uno tiene que experimentarla por sí mismo, intuitivamente. Sin embargo, sin esta pista, somos como un perro que da vueltas mordiéndose la cola. Mientras que en la ortodoxia solo habitan las formas, en el camino espiritual todo lo que es forma –rituales, instituciones, jerarquías– es utilizada como un medio para tener una experiencia directa, intuitiva y personal de la Divinidad.

En grupos new age hay personas que han hecho infinidad de cursos de fin de semana, han pariticpado en talleres de todo tipo y recibido innumerables enseñanzas. Tienen muchas “medallitas” espirituales en la solapa de la chaqueta. ¿Pero qué pasa con estas personas al cabo de diez, quince, veinte años?

No hay progreso. No mejoran como personas.

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¿Por qué? Porque, a pesar de tanta formación, esta se ha convertido en un proyecto más del ego. Es lo que Chogyam Trungpa Rinpoché llamó el materialismo espiritual: utilizar la espiritualidad como otra manera de perpetuar –de una manera mucho más exótica– los viejos patrones y aflicciones que nacen del egocentrismo. Pensar que se es libre, cuando lo único que se ha hecho ha sido pintar de colores las cadenas de toda la vida.

Tenemos que ser muy honestos con nosotros mismos, y más ahora que estamos al principio del año. Tenemos que preguntarnos: ¿Cómo me afecta esta práctica? ¿Esta meditación realmente está mejorando mi atención? ¿Y mis emociones? ¿Y mi conducta? Tenemos que buscar que la mejora sea real a largo plazo. Si no, estamos cayendo en el autosabotaje del ego.

Podemos aprovechar las enseñanzas. No tener miedo de participar en algo más grande que nosotros. El grupo es muy importante para apoyarnos en un camino como el espiritual. Y, por supuesto, tenemos que soltar el miedo al “ismo”.

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Autosabotaje: descripción gráfica

¿Y cómo podemos hacerlo?

Lo más importante es no confundir ortodoxia con camino trascendental. A plena vista parecen similares, pero hay una distinción fundamental: cómo nos relacionamos con la tradición. La tradición, en sí misma, no es buena ni mala. Depende de nuestra relación con ella. Si nosotros somos un sujeto ciego y pasivo, entonces es ortodoxia, y sirve para la mentalidad grupal.

Sin embargo, podemos tomar la iniciativa de manera personal. Examinar las enseñanzas y a los maestros. Permanecer alerta ante las trampas que nosotros mismos nos ponemos inadvertidamente. Y, sobre todo, aplicar una mentalidad tan receptiva como crítica ante un camino que, con toda seguridad, nos va a sorprender. Va a retarnos a revisar muchas cosas que dábamos por sabidas, y que en realidad solo nos estaban creando obstáculos.

Si juntamos todos estos ingredientes con enseñanzas cuya eficacia ha sido comprobada durante más de dos milenios, entonces podemos estar seguros de que estamos en un camino profundo y trascendental. Que su práctica nos lleve a superar los patrones negativos, las emociones aflictivas, el egocentrismo y la ignorancia solo depende del tiempo y esfuerzo que cada uno quiera invertir en su propia felicidad.