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Meditar es genial, pero es fácil hacerlo mal. Aunque es popular, la meditación de la respiración no es una excepción. Hay tres motivos: desconocer la técnica, ignorar sus detalles y malinterpretar sus síntomas. Las consecuencias tardan, pero cuando llegan, impactan.

Para qué sirve (realmente) la meditación de la respiración

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Su meta es desarrollar una mente lúcida y estable. “Lúcida” significa despierta, consciente de cada detalle. Vivir en alta resolución. “Estable” significa tranquila, concentrada en un punto. Una mente servicial. El estado que las combina se llama shamatha o “calma mental”.

El problema es que la estabilidad suele ocurrir antes de la siesta. Y la lucidez, cuando nuestra mente divaga con anfetamínica torpeza. Estabilidad y sopor, lucidez e hiperactividad: dos cualidades atrapadas en dos extremos. La meditación de la respiración las destila, funde y normaliza el resultado.

Lucidez y estabilidad: delante de tus narices o en el ombligo

¿Cómo lograr lucidez y estabilidad? Primero examinamos hacia qué extremo estamos cayendo, y después lo remediamos ajustando el punto de enfoque. En esta meditación no modificamos la respiración, sino la zona en la que posamos la atención.

Sentir y contar la respiración en el abdomen estabiliza la mente, mientras que el roce fuera de la nariz la despierta. La clave es vigilarla. ¿Sopor? Al roce nasal. ¿Agitación? Al abdomen. ¿Logramos estabilidad? Al roce nasal y sin contar. Esto lo hacemos una y otra vez, como dice el filósofo y místico Shantideva:

Los que a toda costa se esfuerzan en la concentración
han de inspeccionar repetidamente sus mentes,
sin distraerse ni un solo instante,
y preguntarse qué es lo que ahora hace.

Aunque la meta es unir estabilidad y lucidez, eso no devalúa el camino. Los ajustes corrigen nuestros desequilibrios atencionales y emotivos. En meditación, todo suma. Salvo si la practicamos mal. Entonces sí, meditar es perjudicial.

Síntoma malinterpretado, mente dañada

Estancarse en un punto de enfoque. Ese es el gran error.

Alan Wallace me enseñó que afincarnos en el abdomen cuando ya hay estabilidad la enquista en sopor. La mente se espesa: estamos aturdidos, dentro y fuera de la sesión, y perdemos facultades cognitivas. Nos faltaba el brillo de la lucidez.

Lama Rinchen Gyaltsen me advirtió sobre el opuesto. Sin estabilidad, insistir en la lucidez la anaboliza hasta la hipersensibilidad. La gente miente más, insinúa más, codicia más. El mundo es más hostil, y todo nos roza. En realidad, nada ha cambiado, salvo nuestra percepción. Y nos faltaba la serenidad de la estabilidad.

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Aplicar una técnica sin conocerla es como creer que para montar en bicicleta basta con pedalear. Al principio funciona, pero si la usamos a diario necesitamos saber qué son las marchas, la maneta y la leva. Si no, a la mínima nos quedaremos tirados en la carretera. Y culparemos a la bicicleta.

Evité este y otros errores gracias a mis maestros. En julio descubriremos sus fuentes en el retiro sobre Las tres visiones. Es su manual de meditación preferido. ¿El motivo? Sus páginas exponen, para el principiante y el veterano, cada práctica, detalle y resultado.

¿Y tú? ¿Qué otras dificultades has encontrado en tu práctica de la meditación de la respiración? ¡Cuéntamelo en los comentarios!