Una reflexión personal sobre cómo cultivar un corazón generoso cuando la vida nos pide aferrarnos a algo en un contexto cada vez más incierto
Hace unos meses, mientras revisaba mi cuenta bancaria con ese nudo en el estómago que todos conocemos, recibí un mensaje de una organización solidaria solicitando donaciones. Mi primer impulso fue cerrarlo de inmediato. “¿Cómo voy a dar si apenas me alcanza?”, pensé. “Quizás, cuando tenga suficiente dinero, pueda empezar a donar a estas causas”, seguí respondiéndome.
Esa reflexión me acompañó durante días. Y me llevó a otras preguntas: ¿Por qué me cuesta tanto dar cuando siento que no tengo suficiente?, ¿cómo puedo ofrecer algo cuando yo misma siento que necesito ayuda? Siempre había pensado que tener más dinero me llevaría a ser más dadivosa. Pero, ¿realmente la generosidad depende del dinero?
Son estos momentos en que miro a mi alrededor y veo que no estoy sola en este dilema. Vivimos en tiempos donde la incertidumbre es la norma. Crisis económicas, inestabilidad laboral, un futuro que se siente cada vez más frágil. En este contexto, aferrarnos a lo poco que tenemos parece lo más sensato.
Y, no obstante, el Dharma nos invita a algo paradójico: a cultivar la generosidad precisamente cuando más miedo sentimos.
Este artículo es mi exploración personal de este dilema a través del Bodhisattvacharyavatara de Shantideva. No escribo como alguien que ha dominado esta virtud, si no como alguien que está aprendiendo a desarrollarla, paso a paso, en medio de mis propias resistencias y miedos.
Te llevaré por el camino que he recorrido: desde el miedo a soltar lo que tengo, pasando por comprender qué significa dar con el corazón, hasta descubrir que, lejos de empobrecerme, me libera.
Si tú también sientes ese nudo en el estómago cuando piensas en dar, si el miedo a quedarte sin nada te paraliza, este recorrido es para ambos.
Contenidos
- El miedo de quedarnos sin nada
- Dar desde el corazón: más allá del gesto
- La bodhichitta: cuando dar se vuelve un camino
- Confiar en la red invisible: karma e interdependencia
- La paradoja: dar me libera
1. El miedo de quedarnos sin nada
Por qué es tan difícil soltar lo que tenemos
El Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen dice que la generosidad es la paramita más fácil de comprender: siempre, por muy pobres que seamos, podemos estar dispuestos a dar algo. Y, sin embargo, ¿por qué a menudo sentimos miedo de practicarla?
Observo mi entorno y percibo una sociedad marcada por la incertidumbre. Cada vez son menos las creencias y valores compartidos que solían sostener el sentimiento de estabilidad. La inflación erosiona nuestros ahorros mes a mes; la inestabilidad laboral, en vez de la excepción, se ha convertido en la norma, y las crisis ya ni siquiera nos sorprenden.
En este contexto es natural que sintamos miedo a lo desconocido. Una sensación de vulnerabilidad que no necesariamente es infundada. Yo misma lo he sentido: esa necesidad de poseer, de retener, de acumular, como si pudiéramos construir un muro de seguridad con nuestras pertenencias. Cuando ese miedo se arraiga profundamente nos volvemos incapaces de soltar. No es mezquindad, es supervivencia. O, al menos, así lo sentimos.
Pero, gracias al Dharma, he aprendido que la respuesta al miedo no está en acumular más, sino en comprender cómo nos relacionamos con lo que poseemos.
Cuando nuestras posesiones nos definen
Sin darnos cuenta, construimos gran parte de nuestra identidad alrededor de lo que poseemos. Y no hablo solo de objetos materiales. Las investigaciones sobre psicología del consumo, como las de Russell Belk, muestran que nuestras pertenencias contribuyen de manera importante a la construcción de nuestra identidad porque solemos pensarlas como extensiones de nosotros mismos.
Esto ocurre de forma natural con ciertos objetos. Por ejemplo, la guitarra en las manos de un músico es parte de su ser creativo, no solamente un objeto. En este caso, el instrumento musical puede convertirse literalmente en una prolongación de su cuerpo, permitiéndole crear música que no podría producir sin él.
Pero esta dinámica también se extiende a otras cosas más cotidianas, de maneras que ni siquiera notamos. Si llegamos a un aula y nos sentamos todos los días en el mismo asiento —aunque no esté asignado— terminamos considerándolo “nuestro” lugar. Y si alguien lo ocupa, sentimos una pequeña irritación, una sensación de invasión.
Y luego están las posesiones simbólicas, quizás las más poderosas. Cuando obtenemos un puesto laboral nos sentimos felices, competentes y valiosos. Pero si lo perdemos, la experiencia va más allá de lo económico. Nos avergonzamos, pensamos que hemos fallado, nos culpamos. Ese puesto se ha convertido en una extensión de quien creemos ser.
Ya sea por el contexto en el que vivimos o por la simple habituación, desarrollamos un fuerte apego —material o simbólico— hacia aquello que poseemos.
Ese apego puede darnos una sensación de seguridad, un vínculo con nosotros mismos. Una conexión con nuestro pasado que nos transmite estabilidad. También puede proyectarnos hacia el futuro, dándonos la ilusión de que controlamos lo que está por venir. En un mundo lleno de incertidumbre, ese apego se siente como un salvavidas al que nos aferramos con fuerza.
El apego o aferramiento es, en esencia, esa conexión emocional que establecemos con lo que consideramos nuestro. Y suele ser una manera de buscar certezas en una sociedad que no nos las ofrece.
La pregunta que cambia todo
Pero aquí viene algo liberador que descubrí al estudiar el Dharma. Si el miedo a dar proviene de la forma en que nos relacionamos con lo que poseemos —y no de un rasgo de nuestra esencia—, entonces hay esperanza. Podemos cambiar esta relación.
Esto me llevó a hacerme una pregunta que rompió cierta parálisis en la que estaba:
¿Puedo soltar la dependencia emocional que me ata a lo que poseo sin que eso signifique tener que renunciar a todo?
Y después:
¿Podré practicar la generosidad sin dar desde la expectativa y el miedo?
En definitiva:
¿Soy capaz de dar desde el corazón?
Estas preguntas me llevaron directamente a Shantideva. Y a comprender algo fundamental que él enseña: la generosidad no empieza con el acto de dar, empieza con el estado de la mente.
2. Dar desde el corazón: más allá del gesto
La intención que transforma el acto de dar
Si la generosidad es la actitud de dar sin apego, entonces, antes que un acto en sí, es un estado de la mente. Así pues, su práctica supone despertar de varias maneras la intención de dar.
De forma habitual, en las enseñanzas budistas se realza la necesidad de comenzar el camino asentando la intención correcta. En el Bodhisattvacharyavatara, se distingue la intención mundana —la que se lleva a cabo con interés propio— de la supramundana —la que se lleva a cabo para el beneficio de todos los seres—.
Pero, ¿qué nos dice Shantideva sobre cómo empezar a asentar esta motivación auténtica?
Nos dice algo simple y luminoso: todos buscamos bienestar y felicidad, y tratamos de encontrar las causas que los generan. Al mismo tiempo, queremos dejar atrás el dolor y el sufrimiento, junto con las causas que los provocan.
Eso significa que debemos comprender que todos los seres sintientes compartimos algo en común: todos queremos ser felices y abandonar el sufrimiento. La motivación correcta está en cultivar el deseo profundo de conducir a todos los seres hacia un estado de felicidad —como enseña el Bodhisattvacharyavatara—.
Renuncia: superar el brillo samsárico
Asentar la motivación correcta empieza por desear que nazca en nosotros una emoción específica que Shantideva llama renuncia: el deseo lúcido de liberarse del samsara. Es soltar el apego y el deseo mundanos al reconocer en ellos la raíz del malestar. Es buscar y asumir, con disciplina y perseverancia, el camino que conduce al cese del sufrimiento.
Cuando reflexiono en estas enseñanzas, comprendo algo que antes me confundía: la renuncia no es rechazar el mundo o volverse asceta. Es reconocer las limitaciones de nuestros logros mundanos.
Es ver claramente el descontento que viene de luchar por acumular posesiones, por protegerlas y no perderlas o el miedo a que la muerte nos sorprenda y nos prive de su disfrute. Esto es experimentar nuestra ignorancia activa.
Pero aquí viene algo crucial que he tenido que revisar en mi propia práctica: si solo buscara liberarme de mi propio sufrimiento, esa intención se convertiría en un obstáculo. No sería una renuncia genuina.
Persistiría el residuo del ego, que me ataría al dolor al no reconocer el sufrimiento de todos los demás. Lo mismo ocurriría si tuviera preferencias entre ellos. Si anhelara la felicidad solo de unos pocos, de los que siento más cercanos o los que me agradan.
Al meditar en el acto de dar, nuestra motivación debe ser este amor desiderativo, altruista y renunciante: el amor que desea la felicidad de los demás.
Por tanto, el legado de Shantideva me enseña que para que la mente de la generosidad surja, primero debo comprender que existe el sufrimiento. Debo aprender a reconocerlo en todas las formas en que se presenta ante mis ojos: desde el más burdo hasta el más sutil.
Y aprender a ver a todos los seres sintientes como necesitados de atención y cuidado positivo. Gradualmente, despertar el anhelo de abandonar el sufrimiento, junto con el deseo de que todos los seres hagan lo mismo.
Dar con el corazón abierto significa, entonces, desconectar de nuestras posesiones y conectar con quienes nos rodean, sin excepción, dejando que —como señala Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen— la compasión fluya por el canal creado por el amor.
Amor ecuánime: dar sin preferencias ni juicios
Muchas veces, aun habiendo comprendido la inconsistencia de apropiarnos de los objetos y aferrarnos a ellos, y el sufrimiento como aquello que nos une a todos, mi práctica de la generosidad no se siente real.
A veces, llego a actuar de modo radicalmente opuesto. Recuerdo una ocasión específica: estaba tomando algo en un restaurante y se acercó una persona pidiendo comida. En lugar de aprovechar esta buena oportunidad, sentí una incomodidad inmediata al tener que compartir.
Solamente para no quedar en ridículo, cedí una pequeña porción. Pero mi voluntad no era la de dar. Esto es exactamente lo que Shantideva escribe en su texto.
Y lo peor: mi motivación expresaba arrogancia. Llegaba a tener un tono de desprecio hacia quien me estaba pidiendo algo. Hasta experimentaba cierta competencia: “Puedo darte una porción en la medida en que pueda retener lo suficiente para mí”.
Incluso, después de darlo, pensaba: “Soy muy generosa; nadie más hace algo como esto por este ser”.
Otras veces surge algo distinto, pero igualmente problemático: la desconfianza hacia quienes reciben. La preocupación por si “merecen” lo que ofrezco o la duda de si se está apoyando algo dañino, si esa persona hará un mal uso de lo que recibe.
Esta es una motivación que expresa ignorancia en la ley de la impermanencia. Solo tener una comprensión intelectual de la naturaleza de la realidad no es suficiente.
Necesito integrar este conocimiento vivencialmente, de modo que me permita ver que, incluso cuando los seres están sumergidos en el sufrimiento, pueden cambiar. Por el mero hecho de que poseen la naturaleza de Buddha, las causas de este estado pueden interrumpirse.
Dar desde el corazón significa cultivar el deseo de que todos sean felices desde el amor ecuánime. Esto implica liberar la mente de la preferencia o aversión hacia los demás, ofrecer con humildad y contemplar los obstáculos que surjan en el camino debido a estas inclinaciones negativas.
El camino del bodhisattva nos invita a esto: observar nuestras resistencias sin juzgarlas, pero también sin dejar que gobiernen nuestras acciones.
3. La bodhichitta: cuando dar se vuelve un camino
¿Qué es la bodhichitta y por qué importa?
Shantideva me enseña que para que la paramita de la generosidad florezca también debo cultivar la mente de la sabiduría. Se trata del anhelo de percibir la realidad de los fenómenos no obstruida por mis aflicciones y alcanzar un estado que me permita emprender la tarea de aliviar, mi propio sufrimiento y también el de los demás.
Desde esta perspectiva surge la bodhichitta: la mente que busca liberar a todos los seres del sufrimiento, alcanzando uno mismo un estado en el que se es capaz de ayudarles. Es decir, es la aspiración de alcanzar el estado de Buddha —aquel que percibe la realidad plenamente— para poder verdaderamente beneficiar a todos.
Con la motivación y la intención correctas, con renuncia y la compasión que surge del amor desiderativo y ecuánime, se asienta esta aspiración de alcanzar la budeidad.
El Bodhisattvacharyavatara me enseña algo que me ha dado mucho aliento: desde esa poderosa aspiración, incorporar la práctica de la generosidad en mi vida diaria junto con las demás paramitas se vuelve posible. Y mejora día a día.
La generosidad se cultiva paso a paso
Shantideva muestra que la bodhichitta se cultiva, no se impone.
Es muy beneficioso recordar siempre que esto es un proceso gradual que se cultiva con la intención, con el entrenamiento mental, el entusiasmo de llevar a cabo siempre acciones virtuosas y con una visión clara. Siempre podemos estar corrigiendo alguno de estos aspectos mientras avanzamos.
He descubierto que la generosidad tiene niveles. Y es posible trabajar en el que corresponde a nuestra capacidad actual:
A un primer nivel, puede implicar simplemente atender cómo me relaciono con mis posesiones, sin tener que dar nada todavía. Puedo meditar en las faltas de aferrarme a las cosas y en el beneficio de regalarlas. Esta meditación en sí misma ya es transformadora.
A un segundo nivel, empezar a ofrecer cosas, no necesariamente materiales. Por ejemplo, escuchar sin interrumpir, compartir conocimiento espiritual, dar espacio, perdonar y donar tiempo a quienes lo necesitan.
Si meditamos en el acto de ofrecer desde la motivación de la bodhichitta, ya estamos a otro nivel y nuestra intención se acerca a lo virtuoso.
Desde esta poderosa aspiración, la práctica se expande de muchas maneras. Una posibilidad es meditar en todas las formas de ser bondadosos con los demás para que sean felices: qué hacer por ellos, qué condiciones crear para que tengan los recursos necesarios a su disposición.
O vernos a nosotros como capaces de desarrollar en los otros un sentimiento de autoconfianza y de seguridad emocional que sea el cimiento para que se sientan empoderados y capaces de emprender proyectos de futuro.
Empezamos ofreciendo lo que tenemos ahora, apelando a nuestras habilidades y recursos: nuestra compañía, nuestro tiempo o nuestro espacio. Gradualmente, abarcar a más objetos y a más y más seres, integrando nuestro amor y compasión, y el nivel de sabiduría en distintas etapas para expandir el corazón de forma sincera.
Al dar amor, el ejercicio de esta paramita y el de las demás se vuelve perfeccionable.
Esto significa que cada vez que al dar cultivamos el desapego y la compasión, la generosidad se convierte en nuestra práctica espiritual. Y vemos cómo mejora en calidad, día a día. No de manera mágica, sino gradual, orgánica, real.
Sinceridad, no perfección
Pero, ¿qué ocurre cuando mi aspiración se siente inestable y mi bodhichitta flaquea? Porque esto me ocurre… a menudo.
He aprendido que un bodhisattva tiene mucha esperanza y optimismo, y no se deprime al pensar en el sufrimiento de los demás, ni siente desesperanza.
Lo esencial está en disminuir el apego —nuestra referencia egocéntrica— y estar en armonía con la realidad que comprende que el sufrimiento no es absoluto o eterno, que todo parte de causas y condiciones que pueden eliminarse. Desde esta confianza en la ley del karma, lo importante es emprender algo de acuerdo con nuestras habilidades y capacidades, y con los recursos de los que disponemos.
Sin una mentalidad de perfeccionismo. Con sinceridad.
Aceptar el desafío y, sin tener que esperar a que la bodhichitta crezca completamente, cultivar el desarrollo consciente de la generosidad ahora, hoy, con lo que tenemos.
Igual que un bodhisattva, con el corazón abierto, emprendo entonces este camino, con desapego, recordando lo que reiteradamente nos enseña el Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen:
Nuestro mayor acto de generosidad es practicar y practicar, y mejorar y dominar nuestra mente para poder guiar a otros
4. Confiar en la red invisible: karma e interdependencia
Cada acto generoso deja una huella
Cada acto generoso planta una semilla y deja en mí una huella: una inclinación positiva de querer compartir. Esto es karma. Y eso deja un mérito.
Alguien que cultiva el acto de dar espiritualmente ha desarrollado la renuncia. Y ha comprendido algo más: que no puede retener nada absolutamente. Al comprender esto, se purifica su apego y tacañería. Y logra una visión más clara de la realidad que reconoce la interdependencia: comprende que quien da está interconectado con quien recibe.
Esta comprensión ha cambiado mi forma de ver esta, la primera paramita. Ya no es un acto aislado donde “yo” doy algo a “otro”. Es parte de un entramado invisible de causas y efectos que nos sostiene a todos.
No damos en el vacío
La generosidad como práctica del Dharma cultiva la conexión. Alivia el sufrimiento de los demás y crea la semilla para la liberación.
A este nivel, trasciende dar cosas materiales. Es ofrecer, a través de ellas, protección, amor, sabiduría y paciencia.
Mucho menos es dar en un vacío. Es un fluir natural que, con sabiduría y compasión hacia todos los seres, nos sostiene en una red de causas que nos interconecta a todos los que deseamos alcanzar la felicidad y abandonar el sufrimiento.
Cuando ofrezco con esta comprensión, no solo beneficio a alguien en este momento, participo y reconozco la interdependencia que trasciende el tiempo y el espacio. Estoy plantando semillas cuyo florecimiento quizás nunca vea, pero en las que confío.
Sellar con dedicación de méritos
Por este motivo, algo que he integrado en mi práctica es, tras cada gesto de dar, sellarlo con la dedicación de méritos.
No guardo para mí la energía positiva generada. La ofrezco para el beneficio de todos los seres. Así, incluso el acto más pequeño se convierte en parte de algo mucho más grande que yo misma.
Esta dedicación transforma la naturaleza misma del mérito. Al abandonar toda apropiación egocéntrica, el mérito vuelve naturalmente al flujo de interdependencia del que surgió.
5. La paradoja: dar me libera
Vivir en armonía con el cambio
Escuché alguna vez que ninguna riqueza puede mantenerse aferrándose a ella; del dar siempre brota excelencia.
Y aquí cabe recordar nuevamente las palabras del Venerable Khenpo Rinchen Gyaltsen:
Quien cultiva la generosidad espiritualmente está reconociendo la ley del cambio.
He descubierto algo paradójico en mi propia práctica: una persona generosa desarrolla la energía del mérito que le permite estar en armonía con la naturaleza cambiante de todas las cosas. Y, sin darse cuenta, se alinea con el aspecto de la realidad que es la impermanencia.
Esto le permite vivir con más equilibrio, reducir el sufrimiento por el apego y encontrar serenidad ante los inevitables giros de la vida y la incertidumbre de esta época.
En tiempos donde todo parece inestable, practicar la generosidad no es un lujo espiritual. Es una forma concreta de alinearnos con la naturaleza real de las cosas. Al soltar, al ofrecer repetidamente, entreno mi mente para no aferrarse. Y esa es precisamente la habilidad que necesito para navegar en estos momentos de incerteza.
La riqueza que nadie puede quitarte
En definitiva, con su práctica, accedo a vivir con los recursos y el bienestar duradero que son riquezas espirituales. Shantideva habla de esto en su texto: la verdadera riqueza no está en lo que acumulo, es la libertad interior que desarrollo.
La generosidad no es meramente un ideal espiritual; es una fuerza transformadora capaz de cambiar mi realidad interna y la manera de vivir en un mundo incierto.
Me libera. No porque me desprenda de cosas, más bien por soltar el miedo que me mantenía encadenada. Y al liberarme del miedo, descubro que tenía más que dar de lo que nunca imaginé.
Esta es la paradoja más hermosa que he encontrado en el sendero: cuanto más me doy, más libre me siento. Cuanto más suelto, más en paz estoy. No por tener más cosas, sino porque mi felicidad ya no depende de retenerlas.
Reflexión Final
He compartido contigo lo que estoy aprendiendo sobre la paramita de la generosidad. No como alguien que la ha dominado, sino como alguien que sigue practicando, día a día, con las mismas resistencias y miedos que quizás tú también experimentas.
Después de este recorrido por el Bodhisattvacharyavatara de Shantideva, me gustaría dejarte con una pregunta que me acompaña:
¿Puede el dar cotidiano ser una vía de despertar?
Cuando me siento con esta pregunta, algunas frases emergen como recordatorios:
- A veces, el verdadero tesoro no es lo que conservo, es lo que me atrevo a compartir.
- Cada gesto de dar activa un flujo de abundancia invisible, aunque no siempre inmediato.
- Incluso si mi bodhichitta hoy es pequeña, es la semilla de algo inmenso.
- Ningún gesto es demasiado pequeño si se hace con intención clara.
Y tú, ¿qué has descubierto sobre la generosidad?
¿Qué te impide dar y qué te libera cuando lo haces?
Compartir nuestras experiencias nos sostiene mutuamente.
Bibliografía
Belk, Russell. “Possessions and the extended self”, Journal of Historical Research in Marketing 7(2). (1988): 184 – 207.
Khenchen Appey Rinpoche. Enseñanzas sobre Iluminando el Legado del Sabio. Traducción: Tanita Navarro Cabrera. Pedreguer (España): Fundación Sakya, 2017.
Khenpo Sodargye. The Diamond Cutter Sutra. A commentary by Dzogchen Master Khenpo Sodargye. Cap. 4. Boston: Wisdom Publications, 2020.
Khenpo Rinchen Gyaltsen.
- El Camino de las Paramitas. Práctica 3. La generosidad para cultivar un corazón iluminado
- Las 37 Prácticas de los Bodhisattvas. Práctica 25. El máximo soltar con la paramita de la generosidad
- ¿Podemos iluminarnos? 10:56 – 13:33
- Actitud ante las metas espirituales. 1:15 – 1:25:56
- Las 37 Prácticas de los Bodhisattvas. Práctica 37. La dedicación de méritos cambia todo
- Mérito. 17:37 – 23:15
- El Noble sendero. Lección 8. Las intenciones definen nuestra vida
- Renuncia: 22:37 – 40:58
Kunsang Pelden. La ambrosía de las palabras de Mañyusri. Un comentario del Bodicharyavatara de Shantideva, Traducción: Grupo de Traducción Padmakara. Alicante (España): Ediciones Dharma, 2007.
Shantideva. La Práctica del Bodisatva. Traducción: Grupo de Traducción Padmakara. Alicante (España): Ediciones Dharma, 2008.









6 respuestas
Muchas Gracias Mariela!
Tus comentarios son muy valiosos ,de verdad🙏
Gracias, Mariela, por este artículo tan necesario y tan humano.
En tiempos de incertidumbre, leer algo que no empuja al miedo ni al sacrificio, sino que nos recuerda la práctica viva del Dharma, es un verdadero sostén.
Me resonó especialmente cuando decís que la generosidad no empieza con dar cosas, sino con la actitud de la mente, porque ahí una se da cuenta de cuántas veces el miedo nos cierra sin que lo notemos.
Gracias por compartirlo y por seguir acompañándonos con claridad y sensibilidad.
Gracias a Uds por la lectura. Ha sido un hermoso desafío la oportunidad de reflexionar sobre cómo estamos aplicando el Dharna y los obstáculos que surgen. Aprecio sus palabras.
MarielaQ. Muchas gracias por este aporte tan lleno de Generosidad que tocó mi corazón todo. *…ESTE RECORRIDO ES PARA AMBOS*… Tan acertado, claro y necesario para el momento que estoy atravesando. JIMPA es Generosidad y daba vueltas en mi día a día por saber llevar este nombre a la mejor expresión posible y que sea de beneficio a todos los seres sin excepción. Tú, como faro de luz una vez mas en mi camino, lo siento como asistencia, regalo y mas que Generosidad (Jimpa) de tu parte es Bondad Amorosa (Jampi).
Que todo el mérito por el sentir en mi corazón de esta inmensa Gratitud a ti, beneficie a todos los seres en cada acto de Generosidad en todas sus formas. 🙏
Gracias Mariela por este valioso aporte. Lo considero de gran valor. En estos tiempo de incertidumbres y un mundo tan convulsionado tus palabras iluminan el camino.🙏
Muchas gracias Mariela por el compartir la sabiduría que va destilando tu corazón al contacto con el tesoro del Dharma. Me ha permitido profundizar en mis propios miedos que se aferran para sentir seguridad en lo que no permanece, y a la vez no sobreestimarme y lanzarme a donaciones que exceden mi capacidad de cuidar de mi misma, pero si practicar un camino intermedio, compartir para desapegarme, compartir para ayudar a ese interser que somos, sentir que su sufrimiento es el mio, pues estamos unidos, interrelacionados, compartir para sentir la libertad de mis condiconamientos y sentir la alegría que produce la renuncia para el bien de alguien que lo necesita más y ver que el amor es capaz de florecer cuando nos desprendemos y que los méritos que obtenemos aunque los ofrezcamos para el bien de todos los seres nos atraviesan en su viaje a la red de interacciones a la que pertenecemos y desvelan un fondo de luz y amor que nos suele pasar desapercibidos. Un abrazo