Fue chocante. El Buddha, tras iluminarse, declaró que su descubrimiento era inefable, y decidió permanecer callado. Siete semanas después, un dios, un yogui nudista y cinco ascetas lograron hacerle hablar. Al mismo tiempo, también revelaron el auténtico propósito del silencio del Buddha: enseñarnos cómo pedirle enseñanzas.

El dios que se preocupó

Los hechos

El dios Brahma había vislumbrado la envergadura de la Iluminación del Buddha, y aquel silencio lo había conmocionado. El mundo no debía perder la oportunidad de escuchar sus enseñanzas. En un instante, Brahma se apareció ante el Buddha y, ofreciéndole una rueda de oro, le rogó:

¡Levántate, oh Héroe, Vencedor, Caravanero,
el Sin Deudas, y vaga por el mundo!
¡Que el Sublime enseñe el Dharma!
Habrá quienes lo comprenderán.

El Buddha respondió:

Brahma, a los seres de Magadha
dotados de inteligencia, fe y la facultad de oír,
que no dañen a otros y tengan una inclinación estable al Dharma,
les abriré el acceso a la ambrosía.

Satisfecho, Brahma rindió homenaje al Buddha y desapareció.

¿A quién podía enseñar? El Buddha pensó en sus dos antiguos maestros de meditación, pero ambos habían fallecido. Entonces recordó a los cinco ascetas con los que había practicado austeridades durante seis años. Ellos le comprenderían. El Buddha se levantó y emprendió el camino hacia Benarés.

La enseñanza

La rueda del Dharma

El mundo estaba preparado para escuchar las enseñanzas del Buddha. Y Brahma —la hasta entonces cumbre de la existencia— había hecho de portavoz de todos los seres. Para ratificarlo, Brahma hizo dos cosas que rompieron el silencio del Buddha y hoy son condiciones indispensables para recibir una enseñanza: ofrecer y pedir.

Ambas reflejan interés por aprender. Ofrecer algo, por pequeño sea, indica que valoramos las enseñanzas más que a una pertenencia. Pedir enseñanzas, sin embargo, indica algo aún más difícil: que las valoramos más que a nuestra orgullosa autosuficiencia.

La curiosidad

Los budistas hemos conservado el simbolismo de este episodio hasta la actualidad. Antes de recibir enseñanzas de un maestro, le ofrecemos un mandala —una representación simbólica del universo— y recitamos una petición. Como entonces, el énfasis no está en el ritual, sino en expresar nuestro aprecio con la mejor voluntad.

Y ahora, volvamos al Buddha.

El nudista que no preguntó (lo suficiente)

Los hechos

upaka rompe el silencio del BudaSolo un hombre interrumpió su peregrinación hacia Benarés. Se llamaba Upaka, y era un yogui nudista.También fue el primer humano que rompió el silencio del Buddha. Tras verlo, Upaka le dijo: “Amigo, tus facultades son serenas, tu semblante es puro y claro. Amigo, ¿por quién has renunciado? ¿Quién es tu maestro? ¿El Dharma de quién profesas?”. El Buddha le respondió en verso:

Soy uno que ha trascendido todo, un conocedor de todo,
inmaculado entre todas las cosas, renunciando a todo,
liberado por la destrucción del deseo. Habiendo comprendido todo esto
por mí mismo, ¿a quién debería señalar como mi maestro?

No tengo maestro, y nadie como yo
existe en el mundo
con sus dioses,
porque 
no tengo homólogo.

Soy el Victorioso en el mundo.
Soy el Maestro Supremo.
Soy el único Completamente Iluminado,
cuyos fuegos están apagados y extinguidos.

Voy a la ciudad de Kāsi
a poner en movimiento la Rueda del Dharma.
En este mundo que se ha vuelto ciego
haré sonar el tambor de lo Inmortal.”

Ante semejante despliegue, Upaka dijo: “Por lo que afirmas, amigo, debes ser un Conquistador Universal”. El Buddha, de nuevo en verso, confirmó su razonamiento:

Los conquistadores son aquellos como yo,
que han logrado la destrucción de las faltas.
He derrotado todos los estados malvados
por lo que, Upaka, yo soy un conquistador.

“Que así sea, amigo”, se limitó a responder Upaka. Ambos prosiguieron sus caminos en silencio.

La enseñanza

Aunque el Buddha ya estaba dispuesto a enseñar, Upaka solo le pidió las credenciales. Upaka no tenía el suficiente interés como para pedirle una enseñanza. Y el Buddha, por supuesto, no se impuso.

Aquel encuentro nos legó otra clave para recibir enseñanzas. Charlar con un maestro no es suficiente. Tenemos que preguntarle explícitamente. Para surtir efecto, el Dharma requiere una mente abierta. Formular una pregunta no solo lo demuestra: también avisa de que estamos dispuestos a escuchar la respuesta.

La curiosidad

No todo estaba perdido para Upaka. Su interés en el Dharma se despertó más tarde, tras un matrimonio fallido con la hija de un cazador. Entonces buscó al Buddha, se hizo monje y —esta vez sí— le pidió enseñanzas. Una vida después, logró la Liberación.

Volvamos, una vez más, al Buddha.

Los cinco ascetas que acertaron

Los hechos

inicio de enseñanza de budaTras el encuentro con Upaka, el Buddha llegó a Sarnath, cerca de Benarés. Allí, en el Parque de los Ciervos, los cinco ascetas vieron cómo se les aproximaba su antiguo compañero, y acordaron no rendirle homenaje. Meses atrás, el Buddha había abandonado aquella lacerante y estéril metodología y, al verle comer, los ascetas lo habían rechazado como su maestro.

Ahora, sin embargo, cuando el Buddha estaba más cerca, los cinco rompieron silenciosamente su pacto y lo recibieron con cordialidad, preparándole un asiento y agua para lavarse. Pero aún perduraba cierta duda: para romper el silencio del Buddha lo llamaron “amigo Gautama”. Entonces el Buddha les dijo:

“Monjes, no me llaméis por mi nombre, ni diciendo ‘amigo’. Monjes, el Tathāgata es un Victorioso, un Completamente Iluminado. Monjes, escuchad: he alcanzado lo Inmortal. Yo os instruiré. Yo os enseñaré el Dharma.

Practicando de acuerdo a la instrucción, realizando por vosotros mismos aquí y ahora mediante conocimiento directo, pronto entraréis y moraréis en la meta suprema de la vida santa por la que los hijos de familia correctamente abandonan el hogar por el no hogar.”

Acto seguido, los ascetas le replicaron:

“Amigo Gautama, […] ahora que vives en la abundancia, que has abandonado el esfuerzo, que has regresado a la vida lujosa, ¿cómo has podido lograr un estado superior al humano, una distinción con respecto a la visión y al entendimiento digna de los Nobles?”

El Buddha negó vivir entre lujos y repitió las palabras con las que los había saludado (“Monjes, el Tathāgata es un Victorioso, un completamente Iluminado…” ). Los ascetas, incrédulos, preguntaron dos veces más, y el Buddha contestó repitiendo sus palabras de saludo. Al terminar, añadió:

“Monjes, ¿alguna vez me habéis oído hablar de esta manera?”

“No, Venerable Señor”, respondieron. Y entonces ocurrió: El Buddha les dio su primera enseñanza, el Discurso de la puesta en movimiento de la Rueda del Dharma. Días después, y tras un segundo discurso, los cinco exascetas lograron la Liberación.

La enseñanza

Ahora sí. Los ascetas le habían hecho una ofrenda y le habían formulado —¡tres veces!— una pregunta. Sin embargo, no recibieron la enseñanza hasta que añadieron un último y crucial detalle: el respeto. Referirse al Buddha como “Venerable Señor” (y no como “amigo”) lo convertía en su maestro, alguien de verdadera confianza.

Hoy en día, tratar con respeto a los maestros expresa nuestro aprecio por las enseñanzas que representan. Por eso los tratamos de “usted”, les abrimos la puerta y les hacemos postraciones. Al fin y al cabo, son nuestra conexión directa con el Buddha, tanto el histórico como —aún más importante— el interno.

La curiosidad

El Buddha, en una vida anterior, había ofrecido su cuerpo a una tigresa famélica para que pudiera alimentar a sus cinco crías. Las agonías de la vida animal debieron dejarles huella, porque aquellos cinco cachorros, por las vueltas que da la vida —o la existencia cíclica— reencarnaron como los cinco ascetas que, tras conocer al Buddha, lograron la Liberación en un par de días.

Y terminado el silencio del Buddha…

A partir de aquel momento, había comenzado su andadura. Y, como todas las grandes historias, había surgido del interés y la apertura, manifestados como una simple, sincera y respetuosa pregunta: “¿Cómo me convierto en un Buddha?”

Y a ti, ¿qué te parece el silencio del Buddha? ¿Te parecen lógicos los requisitos para recibir sus enseñanzas? ¡Cuéntamelo en los comentarios!