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Diligencia budista: esforzarse sin castigarse

Lo que me enseñó Shantideva tras abandonar una ultramaratón

Era el kilómetro 128 y llevaba 34 horas de carrera extrema en los Alpes suizos. Venía bajando un descenso de unos 1200 metros, con una pendiente promedio del 22 %. Las rodillas me ardían y solo pensaba en una cosa: en dejarlo.

Había entrenado un año entero convencido de que eso era lo que pedía Shantideva. La primera estrofa del capítulo 7 de su obra La Práctica del Bodisatva dice que «Igual que si no hay viento nada se mueve, tampoco hay méritos sin diligencia». Yo me movía mucho, así que creía que era lo mío. 

Aun así, abandoné. Después llegaron el vacío, la sensación de haber desperdiciado tiempo y energía y un autodesprecio. Todo aquello me mostró que había algo que no estaba entendiendo. 

Ese capítulo está dedicado por entero a la diligencia budista —o entusiasmo— porque sin ella no avanza el camino del bodhisattva, mucho más largo y exigente que cualquier carrera. Cuando pasó el golpe, volví a leerlo esperando que justificara mis sacrificios, y vi que no presenta el esfuerzo como sacrificio, sino como deleite. 

Si llevas tiempo sosteniendo un compromiso exigente —una práctica, un oficio, un proyecto— y te va pesando como un castigo, quizás encuentres aquí otra manera de vivirlo. Empieza donde yo quise parar.

Contenidos

    1. La decisión de abandonar
    2. La vergüenza de no terminar
    3. Lo que creía que era la diligencia
    4. Qué es la diligencia según Shantideva
    5. Las tres perezas budistas
    6. Retiros de meditación: el esfuerzo que se vuelve hábito
    7. Desistir también es entusiasmo
    8. Entre el autodesprecio y la arrogancia
    9. Aversión, renuncia y un nuevo compromiso
    10. Tres claves para sostener una práctica larga
    11. Cuando el viento es la alegría

1. La decisión de abandonar

En dos kilómetros iba a llegar a un puesto de avituallamiento, con comida caliente y un lugar donde acostarme. En teoría, tenía que parar, comer, revisar los pies, descansar un rato y seguir.

Todavía faltaban 272 kilómetros para llegar a la meta. Bajaba muy despacio y cinco corredores me habían pasado en la última hora. El tendón de Aquiles empezaba a flaquear.

La distancia por delante y la promesa de una cama me fueron empujando hacia una decisión casi inevitable. En ese momento no se sentía como una derrota. Tirar la toalla siempre parece razonable cuando uno está sin dormir y mal alimentado.

Llegué al puesto y lo único que atiné a hacer fue fijarme en si alguien más ya se había retirado. No quería ser el primero. Para mi sorpresa no iba a serlo ni de cerca porque más de un cuarto de los que tomaron la salida ya lo habían hecho.

Dudé si habría alguna posibilidad, pero el ritmo lento de ese descenso me decía que, aunque continuara, me quedaría igualmente fuera de la carrera, por tiempo. No hubo una caída ni una lesión aparente. Simplemente no estaba preparado para ese esfuerzo.

¿Cómo se abandona una carrera? No lo sabía. Nadie me preguntó por qué lo dejaba ni trató de convencerme de seguir.

Entregué el dorsal y me dijeron que en un par de horas salía un ómnibus hacia el pueblo de llegada. En la madrugada de un martes, con el fresco de una noche de verano, me senté a esperar.

Mientras esperaba no sentí nada. Pasaron algunas horas hasta que empezó la mortificación.

2. La vergüenza de no terminar

Creo que a cada persona que me preguntó por la carrera le conté una mentira diferente. Que me retiré por una lesión, que la altura me afectó al estómago, que algo realmente me obligó a parar.

La vergüenza estaba en cada palabra, en cada intento de explicar lo mínimo para no empezar a preguntarme yo mismo por qué me había rendido.

Los días siguientes viajé a Estocolmo, lo más lejos posible de aquellas montañas. Quería desconectarme de todo lo que me unía a correr, incluso de la naturaleza que veía como el enemigo que me había vencido.

Paseé por la ciudad, pero nada me traía disfrute. Parecía que si me detenía un segundo y dejaba que todo fluyera me iba a poner a llorar ahí mismo.

Más tarde encontré esos días descritos en una enseñanza de Khenpo Rinchen Gyaltsen sobre la estrofa 7.52.

Hasta los cuervos se comportan como águilas
cuando se encuentran con una serpiente muerta.
Si soy tan débil y pusilánime
me dañarán incluso las pequeñas faltas.

Khenpo Rinchen la comenta diciendo que «si empezamos a creer que no servimos, que no podemos, que no somos capaces, que soy inferior… entonces, los más mínimos fracasos se convierten en una derrota total».

Mi derrota fue total, pero llegó días después, en mi cabeza.

3. Lo que creía que era la diligencia

Pensaba que estaba aplicando el entusiasmo budista en el entrenamiento. Levantarme cada mañana de invierno en la oscuridad y obligarme a salir a correr me volvía diligente, un guerrero que ponía en práctica las enseñanzas del Dharma. 

Tenía incluso una teoría. La motivación se agota bastante rápido cuando el progreso se detiene en una meseta. Entonces empieza la disciplina, un plan seguido a rajatabla. Y con los años la disciplina se supera, y lo que queda es seguir haciendo lo que uno sabe porque le da identidad; y cuando no lo hace, aparece la culpa. 

Creía que estaba bien, que la culpa y la identidad eran lo que nos movía a esa altura, y que considerarnos corredores o budistas era lo que nos hacía corredores o budistas.

También tenía la capacidad de dejar de lado otras cosas por el entrenamiento. Dejar de lado el tiempo de meditación. Dejar de lado la salud física y mental. A ese esfuerzo prolongado yo lo llamaba diligencia. ¿No es la paramita del entusiasmo ser constante y avanzar aunque no queramos?

En esas mañanas, mientras pasaban los kilómetros monótonos, ponía en los auriculares las lecciones del curso El Camino del Bodhisattva (Parte 1). Eran justamente las del capítulo 7. Así oí a Khenpo Rinchen definir el entusiasmo, siguiendo a Su Santidad Sakya Trizin 42, mientras yo me obligaba a continuar, pensando solo en el momento de terminar.

Otras veces trataba de meditar mientras corría, pero sabía que era un engaño. Me contaba que correr era parte de mi práctica espiritual, cuando en realidad la estaba evitando. Eran los días en que no reservaba tiempo para sentarme a meditar o escuchaba a medias esas mismas clases.

Cuando todo el año de preparación me pareció inútil, me di cuenta de que si todo dependía del resultado, de cruzar la meta y poder decir «lo logré», no encaraba bien mi manera de esforzarme.

4. Qué es la diligencia según Shantideva

Al releer el texto raíz y retomar las lecciones del curso, me detuve en la segunda estrofa del capítulo 7, que define la diligencia budista y enumera lo que se le opone. 

La diligencia es deleitarse con la virtud.
Lo opuesto puede explicarse como:
pereza, gusto por lo negativo,
abatimiento y desprecio por uno mismo.

Su Santidad aclara que Shantideva se refiere aquí al entusiasmo, la cuarta perfección o paramita. Y lo formula así: 

Entusiasmo aquí significa “poner esfuerzo en actos virtuosos con gran alegría” y excluye hacerlo a la fuerza o poner esfuerzo en acciones mundanas o negativas.

De deleite habla la estrofa. Alegría, dice Su Santidad. Y Khenpo Rinchen, al explicarlo en sus sesiones de repaso, nombra una voluntad libre. Ninguna de esas palabras estaba en mi teoría. 

Ese esfuerzo tiene que estar libre de la presión de otras personas y no debe perseguir objetivos mundanos. 

Yo hacía las dos cosas que la definición excluye. Me forzaba sin alegría, y lo que forzaba era correr —que no es negativo en sí—. Una acción se vuelve mundana por la motivación con la que se hace, como explica el artículo sobre los ocho dharmas mundanos, y la mía era sostener una identidad. Mi esfuerzo, por grande que fuera, no era entusiasmo.

Khenpo Rinchen lo dice con otras palabras: «Por el deber nadie llega a la excelencia; no es suficiente estar presionados por el deber».

5. Las tres perezas budistas

El capítulo desarrolla luego esas perezas. Con ellas sí estaba a salvo, pensé, porque no puede ser perezoso quien se sacrifica tanto por un objetivo. Me equivocaba.

Khenpo Rinchen distingue tres tipos de pereza. Señala que todos tenemos un poco de las tres, pero que en cada uno se destaca una, y que conviene identificar cuál nos causa más daño.

La primera es la pereza de no aplicarse, la de quedarnos quietos y postergar. No parecía la mía porque me levantaba todas las mañanas.

La segunda es la de enredarnos en actividades banales y superficiales, y esa sí era la mía. La estrofa 7.15 habla de «disfrutar con distracciones y frivolidades que engendrarán tu sufrimiento».

En mi caso, correr se había vuelto una de ellas. Le había dado un lugar tan grande en mi vida que me servía para evitar dedicar más tiempo a la meditación y al estudio. Mi idea de que no era perezoso empezaba a desmoronarse.

La tercera es la del desaliento por menospreciarnos, y también era mía. Desprecio por uno mismo, dice Shantideva en la 7.2, y en mí se volvía autocastigo y descuido de lo realmente importante. 

6. Retiros de meditación: el esfuerzo que se vuelve hábito

Hay otro esfuerzo que conozco y que no se siente como un castigo. 

Los retiros anuales en los que he participado son cortos, de diez días. Siete transcurren en silencio y con Soyong —ocho votos de purificación que se toman por 24 horas—. 

Cada vez, los primeros días cuestan. Hay mucho sopor o mucha agitación. El sexto y el séptimo son los mejores. Ya no importa el entorno, la mente está en calma y lúcida, y practicar se vuelve más sencillo porque se entra en las meditaciones con la alegría sana de tener más control sobre la propia mente.

Lo describe Khenpo Rinchen en su comentario de la estrofa 7.27.

Las dificultades que afrontamos en el camino espiritual suelen al comienzo, cuando empezamos a nadar contra la corriente de nuestros hábitos. Pero cuando esas prácticas empiezan a convertirse en lo que predomina en nosotros, entonces sentimos el viento en la espalda y el camino se hace mucho más fácil.

En los retiros cortos, el entusiasmo es genuino. En un retiro largo de dos meses, se cuenta que el hábito también se instala con facilidad. Corriendo, en cambio, nunca sentí que se hiciera más fácil, aunque tuviera más experiencia.

7. Desistir también es entusiasmo

Vuelvo al puesto del kilómetro 130 porque ahí quedó algo que no acabo de comprender. Nunca había practicado el abandono. La sola idea de no ser suficiente me generaba disgusto. 

Shantideva enumera cuatro fuerzas que sostienen el entusiasmo, a las que Khenpo Rinchen llama los cuatro ingredientes: la aspiración, la autoestima, la alegría y el desistir. Al contrario de lo que daba por hecho, desistir no se opone al entusiasmo, sino que forma parte de él. 

Sobre la cuarta, Shantideva escribe en la estrofa 7.67.

Si en algún momento estoy agotado y sin fuerza,
debo dejar mi trabajo a fin de retomarlo después.

Según Khenpo Rinchen, el término tibetano de esta cuarta fuerza significa, en el fondo, encontrar el camino del medio… saber situarse, reconocer los propios límites y hallar un ritmo que podamos sostener, porque la práctica se parece más a un maratón que a un sprint de 100 metros. 

La misma estrofa sigue:

Cuando lo haya completado, lo dejaré
deseando iniciar el siguiente.

Ahí ve Khenpo Rinchen un segundo aspecto, no aferrarse a nuestros proyectos. Yo me aferraba al mío, un proyecto que sostenía mi identidad.

Shantideva habla de pausar para retomar… y de soltar. Abandoné, pero no solté. La carrera siguió conmigo durante semanas. 

8. Entre el autodesprecio y la arrogancia

También me quedó grabado de aquella noche el impulso de no querer ser el primero en retirarme. Nadie me estaba mirando, y enseguida me puse a buscar con quién compararme. 

Era la misma comparación que durante años me había hecho sentir especial por hacer lo que casi nadie hace, con hambre de reconocimiento, de una historia propia que contar.  

Frente a eso, Khenpo Rinchen aconseja dejar de copiar y de competir con otros, y encontrar cada uno su ritmo óptimo. 

Más me impactó lo que dice del orgullo y la arrogancia. Recordando a Su Santidad, distingue entre un orgullo sano (la autoestima, el segundo ingrediente) y la arrogancia, que oscila entre el autodesprecio y una exagerada importancia propia, y es inestable.

La estrofa 7.51 trata de la arrogancia.

Cuando otros se dediquen a tareas inferiores,
¿cómo me he de comportar?
En cualquier caso, he de evitar ser arrogante.
Carecer de orgullo es lo mejor.

Una señal de que de verdad nos entrenamos en el Dharma —comenta Khenpo Rinchen— es que cada vez nos veamos más comunes y corrientes, sin sentirnos superiores a nadie. 

Así entendí que yo oscilaba entre sentirme especial y sentirme poca cosa por no terminar la carrera. 

9. Aversión, renuncia y un nuevo compromiso

Desde la carrera me pregunto si puedo considerar este abandono como una renuncia a lo mundano. Me gustaría pensar que sí. Pero Khenpo Rinchen enseña que la verdadera renuncia surge de comprender el motor que impulsa el samsara.

Lo que sentí en Estocolmo, ese querer cortar con todo, se parecía más a la aversión. ¿Esto es renuncia o es una herida de la que me quiero alejar?

No sé si seguiré corriendo. Si lo hago, no quiero que sea por venganza contra la naturaleza. La prueba será preguntarme si lo haría aunque nadie se enterara.

Pienso también en Paths of the Soul, una película que vi varias veces, en la que un grupo de tibetanos hace a pie un peregrinaje de unos 1.900 kilómetros hasta Lhasa y el Monte Kailash, con postraciones cada pocos pasos.

La exigencia física extrema a la que se someten es sorprendente, pero más aún la razón por la que lo hacen. Además de purificar su propio karma, les motiva el bienestar de su comunidad y el de todos los seres. Me recuerda a la bodhichitta, la aspiración de alcanzar la iluminación para poder beneficiarles.

Pronto espero recibir la iniciación en Ngondro y comenzar sus acumulaciones. Estas prácticas fundamentales dan una base sólida a todo el vehículo vajrayana. Es un nuevo esfuerzo a largo plazo, y mi principal desafío es lograr que no se convierta en otra acumulación de kilómetros sin sentido. ¡Ojalá lo mueva la misma motivación de esos peregrinos!

10. Tres claves para sostener una práctica larga

De todo esto me llevo tres cosas para el Ngondro. 

1) Reconocer la pereza

Mi pereza tiene poco de holgazanería y mucho de agenda llena, de enredarme en ocupaciones sin parar y, cuando las cosas salen mal, de desprecio por mí mismo. Necesito ver con claridad esa mezcla para no confundirla con esfuerzo.

2) Examinar la motivación

Si una práctica solo se mantiene por culpa, por identidad o por el número que quiero alcanzar, está mal encaminada, aunque la cumpla todos los días. Khenpo Rinchen explica que Shantideva nos ayuda a conseguir ese combustible espiritual descubriendo lo que es bueno y aprendiendo después a disfrutarlo. 

3) Elegir el ritmo antes de empezar

Aquí entra la estrofa 7.47. 

Primero he de examinar mis recursos,
para decidir si empiezo o no.
Puede que sea mejor no empezar,
ya que si empiezo no he de volverme atrás.

En palabras de Khenpo Rinchen, de antemano, hay que contemplarlo bien y, si es posible, no retroceder.

A mí me suena a lo que le espera a quien emprende el Ngondro, donde si un día la práctica se corta, hay que volver a empezar de cero. Por eso quiero examinar con honestidad el tiempo y los recursos que tengo, y elegir un ritmo que pueda seguir todos los días, también los días malos. Quizás aquí sí pueda traer una lección de las ultramaratones porque quien sale muy rápido al principio en general no logra terminar.

11. Cuando el viento es la alegría

Tal vez no vayas a empezar el Ngondro, pero es posible que estés llevando o a punto de asumir otro compromiso en tu camino. 

Puede ser un retiro anual o un retiro largo, un curso de estudio, una recitación diaria, un voto, un trabajo de años o el cuidado de un ser querido. 

Tu “kilómetro 130” llegará en forma de cansancio, de comparación o de culpa. Reconocer cuál de las tres perezas aparece ahí y qué te mueve de verdad puede cambiar la manera de seguir o de detenerte. 

Con el paso de los años, descansar o poner límites es parte del ritmo. 

El capítulo termina con la imagen del viento —como empezó— en la estrofa 7.76. 

Como una tela de algodón se mueve
de aquí a allá impulsada por el viento,
así también todo lo que haga
lo llevaré a cabo movido por la alegría.

Yo creía que me sobraba viento, pero lo que tenía era disciplina y culpa.

El verdadero viento es la alegría. Y eso es lo que quiero en mi espalda, sea cual sea el camino que emprenda.


Preguntas para tu práctica

Cuando el compromiso que tienes entre manos se haga cuesta arriba puedes hacerte estas preguntas.

  • ¿Cuál de las tres perezas se destaca en mí?
  • ¿Qué hago por deber, y qué por alegría?
  • ¿Para quién, además de para mí, es este esfuerzo?
  • ¿Qué ritmo podría mantener incluso en mis peores días?

Imagen de Eduardo Santos

Eduardo Santos

Ingeniero y ultramaratonista. Miembro de la sangha de Paramita Uruguay.

5 respuestas

  1. Muchas Gracias por tu honestidad y por compartir una experiencia, que es un ejemplo patente de esfuerzo extremo. Me han gustado mucho las referencias a los versos de Shantideva y la conexión entre ellos para armar la reflexión y las conclusiones sobre como opera la pereza y esfuerzo correcto. El resultado es de mucha utilidad. Un abrazo.

  2. Muchas gracias.
    Por la honestidad y profundidad de tu reflexión.
    Acabo de embarcarme en un proyecto no deseado sino que el Karma me pone delante y necesito mucha honestidad , desapego y sana autoestima .así que este artículo me ha ayudado.
    Un abrazo en el Dharma

  3. Gracias por compartir tu experiencia de forma tan honesta y aclaratoria desde el punto de vista del Dharma.
    Yo me identifico mucho con la actitud de «esfuerzo», que a veces si es gozosa, pero otras veces me sobrepasa y me dispersa, por no centrar de forma adecuada el objetivo, dando mayor importancia al sentido del «deber» que a saber disfrutar de aquello que decido hacer. También siento que mi motivación es adecuada a nivel de práctica, pero está contaminada por la importancia que doy a la influencia que pueden tener en mi los dharmas mundanos, y las emociones aflictivas que se derivan de ellos (necesidad de reconocimiento, valoración, autocrítica etc.)
    Es decir, mi esfuerzo no está libre de la presión que siento que me pueden ejercer otras personas, y por tanto mi gran reto sería conseguir la «alegría» que te proporciona una voluntad libre, desde la motivación correcta.

  4. Muchas gracias por compartir Eduardo. Me identifiqué mucho con tu historia. Tu honestidad me pareció fascinante. 🙏🏼

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