Historia, simbolismo y guía práctica budista de meditación en movimiento.
Kora o circunvalación sagrada es uno de los medios hábiles más poderosos y, a la vez, quizás menos reconocidos entre los occidentales.
Consiste en caminar en círculos alrededor de algo venerado —un lugar o una persona— como acto de devoción y senda hacia el despertar.
Tiene más de 2.000 años de historia, aparece en los antiguos textos budistas y hoy sigue siendo parte de la vida cotidiana de millones de practicantes.
Una práctica que siempre tiene mucho que ofrecer, sin importar la experiencia que tengas.
Contenidos
- ¿Qué es el kora?
- Una práctica que viajó con el Dharma
- Algunos objetos sagrados del kora
- Cómo se practica: cuerpo, palabra y mente
- Una práctica para todos los días
- Lo que prometen los textos sagrados
- Tu primer kora
Boudha, 5:30 a.m.
Son las 5:30 de la mañana en Boudha —el barrio que es el corazón budista de Katmandú— cuando el gong del monasterio Tharlam me arranca del sueño. Me hago la remolona entre las sábanas. Insiste, y lo acompaña el graznido de cuervos y palomas. Abro los ojos y lo primero que veo es rojo, el color de la túnica del Buddha Amitabha en la imagen que pegué anoche en la pared. Su expresión plácida me devuelve una sonrisa. Está bien. Me levanto.
A las 6:15 salgo a la calle. Para un occidental es hora de silencio, pero aquí todo rebosa vida. Puestos de fruta y verdura, calcetines color azafrán, vendedoras de lámparas de aceite y flores esperando a los primeros practicantes del día. Me detengo en uno de ellos y enciendo una lámpara. La vendedora me ayuda a hacerlo y a no olvidar recitar el mantra om ah jum. Una anciana nepalí cercana me sonríe detrás de sus caléndulas naranjas. Le devuelvo la sonrisa. Sigo mi camino.
El suelo bajo mis pies acaba cambiando. Ya no hay asfalto, sino baldosas de barro, un mosaico antiguo que parece haber sido transitado miles de años atrás. Y entonces un olor, incienso, agua de lluvia, especias y algo más que no consigo descifrar, me envuelve por completo. El sonido de la calle se desvanece.
Levanto la cabeza y, de repente, ahí están los ojos del Buddha, pintados sobre su cúpula blanca, serenos e impasibles, mirándome. A mi alrededor, un río de personas que caminan todas en la misma dirección, rodeando la gran Estupa de Boudhanath. El propósito en sus pasos es palpable. No termino de entenderlo, pero lo siento. Y quiero saber qué es.

1. ¿Qué esl el kora?
Detrás de esas personas que avanzan con ese aire de objetivo silencioso, hay un nombre, una historia y una lógica propia.
La palabra es kora. Caminar en sentido horario alrededor de lo sagrado es un acto de devoción y meditación capaz de purificar negatividades y acumular mérito. En tibetano, kor significa círculo. En latín, y de ahí al español, tenemos circunvalación, de circum (alrededor) y ambulare (caminar). Caminar alrededor. Eso es todo. Y, a la vez, muchísimo más.
Antes de seguir, conviene detenerse en una pequeña distinción. Los tibetanos utilizan a veces la palabra nekor para referirse a esta práctica en su acepción amplia: “ir de peregrinaje, circular alrededor de una morada sagrada”.
El objeto de la circunvalación tiene su propio nombre (ne o nechen) y se considera que puede transformar a aquellos que lo rodean. Es un centro de energía que actúa sobre quienes se acercan.
Girar en torno a lo sagrado, además, distingue al kora de otros modos de contemplación, porque compromete las tres puertas al mismo tiempo. El cuerpo camina. La palabra recita mantras u oraciones. La mente sostiene una intención, la aspiración al despertar en beneficio de todos los seres.
En términos de virtud acumulada, pocas formas de práctica pueden compararse. Esa promesa es el hilo que recorre todo lo que sigue.
2. Una práctica que viajó con el Dharma
Lejos de ser una tendencia contemplativa moderna, el kora es una de las expresiones de devoción más antiguas del budismo, y su historia comienza con el propio Buddha.
En los tiempos de Shakyamuni, los discípulos circunvalaban al maestro en persona, una práctica con una inmediatez indiscutible. Cuando alguien llegaba ante su presencia, la tradición indicaba inclinarse, rodearlo varias veces en sentido horario y luego sentarse ante él… una escena que los sutras repiten como reverencia natural hacia alguien reconocido como sagrado.
Cuando el Buddha ya no estuvo presente, los practicantes encontraron otros focos de devoción. Poco antes de su muerte, él mismo instó a sus seguidores a peregrinar a los Cuatro Lugares Sagrados de su vida (Lumbini, Bodhgaya, Sarnath y Kushinagar) y a circunvalarlos. Bodhgaya, donde bajo el Árbol Bodhi alcanzó la iluminación, fue siempre el lugar de mayor veneración entre ellos. “Korear” estos ne o nechen hacía presente lo que ya no era visible.

Después de su paranirvana se construyeron monumentos para albergar sus reliquias, las estupas, que se convirtieron en el objeto principal del kora, y la arquitectura budista comenzó a diseñarse específicamente para permitir la circunvalación. Los relieves más antiguos del arte budista, tallados en el siglo II a. e. c. en India, ya muestran devotos caminando alrededor de ellas.
¿Por qué este monumento y no simplemente una imagen o un altar? Si una imagen del Buddha representa su cuerpo, y un texto sagrado su palabra, las estupas representan su mente iluminada. Caminar alrededor de ellas es rodear el despertar mismo.
La dirección del trayecto, siempre en el sentido horario en la tradición budista, refleja el recorrido percibido del sol sobre la tierra, una alineación con el orden cósmico. Los bonpo o practicantes de la tradición autóctona del Tíbet, anterior al budismo, circunvalan en la dirección contraria, otra manera de orientarse ante lo sagrado.
Mientras el budismo se extendía, la estupa adoptaba nuevas formas en cada cultura: la pagoda en China y Japón, el dagoba en Sri Lanka, el chorten en el Tíbet. La circunvalación permaneció igual, sin importar el sitio ni la forma que tomara la estupa. Así, el kora viajó con el Dharma.
3. Algunos objetos sagrados del kora
Ya hemos visto que cualquier ne puede ser el centro de un kora. Vale la pena conocer algunos, no por su tamaño ni su fama, sino por el propio peso espiritual que parecen haber acumulado con el paso de los siglos.

Lugares sagrados naturales
Las montañas han sido consideradas ejes del cosmos en casi todas las culturas humanas, puntos donde el cielo y la tierra se tocan. En el budismo tibetano, circunvalar una montaña sagrada es abrazar simbólicamente al universo entero.
El ejemplo supremo es el Monte Kailash, llamado Gang Rinpoché, “la joya preciosa de las nieves”. Situado en el Tíbet occidental, es sagrado para budistas, hindúes, jainistas y bonpos.
Su kora completa mide unos 52 kilómetros y se realiza habitualmente en unos tres días. Se dice que siete circuitos durante el año del caballo, que se repite cada doce años, cierran para siempre la posibilidad de renacer en los reinos de mayor sufrimiento.
Otro enclave natural sagrado para circunvalar es el lago de Rewalsar, conocido en tibetano como Tso Pema, en el actual estado de Himachal Pradesh, India. Según la tradición, aquí, Gurú Padmasambhava, condenado a morir en la hoguera, transformó las llamas en un lago del que emergió ileso sobre un loto. Hoy, peregrinos hacen koras en el lago en honor a ese milagro y a la dakini Mandarava, cuya extraordinaria historia puedes leer en el Blog Paramita.
En el Tíbet, también se circunvalan los lagos de Manasarovar, Yamdrok y Namtso, masas de agua de una belleza que parece deliberada, como si hubieran sido colocadas allí con una intención.

Lugares sagrados construidos por el ser humano
Las estupas
Como hemos visto, estos monumentos fueron construidos para albergar las reliquias del Buddha y de otros grandes maestros.
Algunas de las más visitadas se encuentran en el Valle de Katmandú (Nepal), y son Boudhanath (o Boudha) y Swayambhunath. El valle también alberga muchas otras estupas, como la Jamchen Vijaya, en la colina de Budhanilkantha, erigida en honor al maestro Chogye Trichen Rinpoché 25 (1919-2007).
La historia y el simbolismo de estas estructuras dan para mucho. Puedes explorarlas en La estupa budista: guía completa de su simbolismo, donde encontrarás también 10 estupas de fama internacional.
Los templos
En el Tíbet, el kora más venerado es el del Jokhang, el templo principal del país, en Lhasa. Su circuito exterior, el Barkhor, es un laberinto de carriles junto al monasterio, un trayecto que todos los tibetanos aspiraban a hacer al menos una vez en la vida.
El Lingkhor, un itinerario de unos 8 kilómetros que bordea el corazón espiritual de la ciudad vieja, lo supera en extensión, y ha sido recorrido durante generaciones como práctica diaria.

Los monasterios
Muchos monasterios y conventos construyen deliberadamente caminos de circunvalación que monásticos y laicos recorren regularmente, tanto por su valor espiritual como por el beneficio físico que aportan a la vida.
Cualquier objeto sagrado
En el extremo más sencillo del espectro, un pequeño cairn de piedras en lo alto de un paso de montaña también puede ser objeto de circunvalación. El kora no exige grandiosidad. Exige intención.

Personas sagradas
Referencias a esta práctica aparecen en los sutras y también en las vidas de grandes maestros como los majasiddhas Tilopa y Marpa. Esa tradición continúa hoy.
En Rajpur, Dehradun (India), los devotos circunvalan el Sakya Dolma Phodrang, residencia de Su Santidad Sakya Trizin 41, así como su monasterio (Sakya Mahakaruna Triyana Dharmachakra Vihara) en Bodhgaya cuando está presente.
En McLeod Ganj, Dharamsala, un camino de 1,4 km alrededor de la residencia de Su Santidad el Dalái Lama y del complejo del templo Tsuglagkhang es transitado a diario por practicantes de todas las edades.
Un maestro vivo puede ser considerado un ne, un ser cuya presencia tiene poder de transformación, y circunvalarlo es una forma de honrar esa presencia.

4. Cómo se practica: cuerpo, palabra y mente
El kora es una práctica con una arquitectura interna precisa, y la diferencia entre hacerlo con consciencia y hacerlo mecánicamente es enorme. Su Santidad Sakya Trizin 42 lo ilustró con una imagen memorable.
Realizar una circunvalación de forma consciente conlleva una motivación correcta al empezar, mantiene la mente enfocada durante el recorrido y dedica el mérito al final. La circunvalación mecánica empieza sin reflexión, propicia la charla con los compañeros o una mente distraída y termina sin ningún gesto de cierre. La apariencia externa es idéntica; el mérito que se acumula es inconmensurablemente distinto.
El kora es tan profundo como la mente que lo realiza.

La motivación: el elemento más importante
Antes de dar el primer paso, genera la aspiración de bodhichitta.
En el budismo tibetano, esto significa recordar el sufrimiento de todos los seres y pensar: “Hago este kora para alcanzar el despertar en beneficio de todos los seres sintientes”. No tiene por qué ser perfecto; los maestros aseguran que incluso el deseo sincero de hacerlo bien ya multiplica su mérito.
Dromtonpa (1004-1064), principal discípulo de Atisha —según recoge Thubten Jinpa en su compilación de enseñanzas del linaje Kadam—, planteó una pregunta radical a un anciano que hacía kora: “¿No sería mejor practicar el Dharma en lugar de circunvalar?”. El anciano lo intentó con la lectura de sutras. La pregunta volvió. Lo intentó con la meditación sentada. De nuevo, el discípulo de Atisha le hizo la misma pregunta. Al final, desconcertado, preguntó qué debía hacer. Dromtonpa respondió: “Anciano, renuncia a esta vida. Renuncia a esta vida”.
La estructura es simple: motivación correcta al inicio, concentración durante el itinerario, dedicación al final.
El cuerpo
El kora se hace en sentido horario, manteniendo el objeto sagrado a la derecha.
La postura importa. Según Samdhong Rinpoché, las manos deben estar unidas en posición de oración frente al pecho —los pulgares hacia dentro, las palmas ligeramente ahuecadas— o sostenidas tranquilamente al frente. Es habitual llevar el mala en la mano izquierda, sobre el corazón o a lo largo del cuerpo, recitando mantras al caminar.
Balancear los brazos y mirar distraídamente alrededor son gestos de falta de respeto hacia el objeto sagrado. La circunvalación es una forma de reverencia, no un paseo.
En la práctica también existe un espectro de intensidad.
Lo más accesible es simplemente caminar.
Se intensifica cuando uno se estira de cuerpo entero en el suelo, y marca el punto donde llegan sus dedos, se levanta, avanza hasta ese punto y vuelve a postrarse. Un circuito completo, según donde se haga, puede llevar días.
Existe incluso una variante más exigente, que se ve raramente, en la que cada postración avanza solo el ancho del cuerpo, no su longitud.

La palabra
Antes de dar el primer paso, se recomienda recitar siete veces dos mantras especiales.
El primero ofrece seis beneficios específicos, entre ellos la purificación del karma negativo:
Om namo dashadik trikala sarva ratna trayaya namah pradaksha supradaksha sarva papam vishodhani svaja
El segundo multiplica el mérito del kora diez millones de veces:
Om namo bhagavate ratna ketu rayaya tathagataya arjate samyak sambuddhaya tadyatha om ratne ratne majaratne ratna vijaye svaja
Mientras se camina, se recomienda recitar mantras. Son muy comunes Om Mani Padme Hum —el mantra de Avalokiteshvara, el Buddha de la Compasión— y el mantra de Vajrasattva, especialmente recomendado para purificar negatividades.
Las cuentas del mala sirven para contar los mantras sin perder el hilo. Las ruedas de oración que bordean los caminos se hacen girar siempre con la mano derecha, liberando con cada vuelta las plegarias grabadas en su interior para el beneficio de todos los seres.
Durante la circunvalación, la conversación, incluso la significativa, distrae a la mente de su propósito. Si surge la necesidad de hablar, mejor detenerse un momento y retomar el recorrido después.
La mente
La dimensión mental es la menos visible y, según todos los maestros, la más importante. Las posibilidades son muchas.
Podemos visualizar el objeto sagrado como la esencia de las Tres Joyas o como la manifestación del propio maestro espiritual.
También podemos imaginar que uno lidera a todos los seres sintientes en el circuito.
Otra opción es dedicar cada vuelta a una intención específica: la primera a los seres en los reinos del sufrimiento, la siguiente a los maestros que han preservado las enseñanzas, otra al florecimiento del Dharma en el mundo…
O, simplemente, llevar como compañera de camino la pregunta que Lama Zopa Rinpoché sugirió: «¿Quién está circunvalando?».
Momentos propicios y números
El kora no exige un día, una hora ni un número determinados, aunque la tradición reconoce momentos y cantidades favorables.
En el calendario lunar tibetano, los días 8, 10, 15, 25 y 30 de cada mes son especialmente propicios. El mes de Saka Dawa, que conmemora el nacimiento, la iluminación y el nirvana del Buddha, es el de mayor poder espiritual a lo largo del año.
En Boudhanath, los mejores momentos son el amanecer, entre las 5:30 y las 7:00, y el crepúsculo, entre las 17:00 y las 19:00, cuando se encienden las lámparas de mantequilla y la estupa parece resplandecer desde dentro.
Hacer más siempre es mejor, pero cualquier número tiene valor. Los tibetanos evitan terminar en un número par, dejando siempre uno por hacer. Es una forma de comprometerse a continuar. Aún así, el 108 es universalmente auspicioso. Y, al final, lo que importa es la intención con la que se camina.

5. Una práctica para todos los días
Son las 6:30 cuando llego al circuito.
Antes de entrar, observo que muchos se detienen un momento. Hacen tres postraciones mentales —manos a la frente, a la garganta y al corazón, una inclinación breve, una intención silenciosa— y luego comienzan a caminar. Hago lo mismo. Y entonces, empiezo a korear.
En ese río de gente que fluye en una sola dirección y me lleva consigo se mezcla de todo: monjes y monjas de diferentes tradiciones, personas mayores, jóvenes con aspecto casual, niños, turistas de todo el mundo con mochilas. Alguno camina despistado en sentido contrario. Yo misma, confieso, a veces quiero acelerar el paso o esquivar a los más lentos, como si esto fuera una carrera. No lo es.
A las mujeres y a los hombres tibetanos los reconozco enseguida: muchos llevan la chuba, una túnica unisex hasta los tobillos, cerrada con el lado izquierdo sobre el derecho y atada a la cintura con una faja larga. Sobre ella, las mujeres llevan el pangden, un delantal de lana tejida, de rayas vivamente coloridas, cuya combinación puede indicar la región de origen y el estado civil de quien lo lleva. Collares de turquesas, pómulos altos, un porte inconfundible.
Hombres y mujeres por igual llevan también deportivas de marcas falsificadas y gafas de sol. La tradición y la modernidad van de la mano, literalmente. Los móviles abundan también aquí y, curiosamente, la parte alta de la estupa se ha convertido en zona de encuentro para los jóvenes.
Hay algo realmente conmovedor en ver a todas las generaciones caminando juntas. Abuelos que enseñan a los nietos, adultos que hacen postraciones en silencio, familias llegadas de toda la región, extranjeros de todo el mundo… Cada uno con su mundo a cuestas, pero todos con la misma motivación.
Casi todos llevan el mala en las manos —el rosario budista de piedra, de semillas bodhi o de madera— y los contadores característicos. Algunos recitan en voz baja; otros en voz alta, sin ningún reparo.
Me llaman la atención dos tipos de caminantes: los de edad muy avanzada, que andan con paso lento, pero determinado, y los que realizan el kora entero haciendo postraciones completas. Estos últimos llevan tablillas de madera en las manos y delantales de cuero, postrándose a cada paso alrededor de toda la estupa. Sus cuerpos, con las caderas levemente quebradas, hablan de años de devoción y de montaña.
Ante ambos, siento un respeto profundo. Aquí lo importante no es la agilidad. Es la entrega.
El kora no es un camino solitario. Es, fundamentalmente, una práctica comunitaria, y esa dimensión es parte de su poder. Se aprende por observación desde la infancia. Los niños tibetanos asimilan el ritmo horario acompañando a sus abuelos. No hay una clase formal, no hay una iniciación. Simplemente se camina junto a alguien que ya sabe, y un día uno ya sabe también.
En mis primeras vueltas me reconozco distraída. Tanta estimulación visual: tiendas de artesanía, malas, thangkas y estatuas; restaurantes, venta ambulante y banderas de oración. Mi mirada se siente atraída hacia todas partes. Caigo en la cuenta de que aún tengo el mala en el bolsillo.
Después de varias vueltas, algo cambia. Mis pasos se vuelven conscientes. La mirada se vuelca hacia dentro y empiezo a recitar el mantra de Tara. Ya no quiero adelantar a nadie. Me dejo llevar por la velocidad que toca en cada momento. Ahora me siento parte de este río… una gota entre tantas.
Aparte de acumular mérito, el propósito último de la circunvalación es reorientar gradualmente la mente en la dirección de la compasión. «Cuanto más uno se familiariza con algo, más natural se vuelve», escribe el estudioso John Powers.
El kora no produce una transformación instantánea. Con el tiempo, cada vuelta genera una inclinación, un hábito de la mente que cambia lo que uno nota, lo que uno desea y cómo se mueve por el mundo.
6. Lo que prometen los textos sagrados
Hay un momento en el Sutra de los Versos sobre la Circunvalación de las Estupas —uno de los pocos textos budistas centrados exclusivamente en esta práctica— en el que el discípulo Shariputra le pregunta al Buddha cuál es el resultado kármico del kora. La respuesta del Buddha es reveladora:
Solo enseñaré una porción de las virtudes
de quienes circunvalan una estupa.—Toh 321, v. 1.3
Los beneficios —implican estas palabras del Buddha— son demasiado vastos para enumerarlos completamente.
Ese texto sí describe la escala de lo que está en juego. Según la estrofa 1.46, cien caballos, cien piezas de oro y cien carros cargados de joyas no igualan ni la decimosexta parte del valor de un solo paso de circunvalación alrededor de una estupa.
La lógica detrás de estas afirmaciones es la del karma: la intención virtuosa dirigida hacia un objeto sagrado genera el potencial para el despertar en proporción a la pureza de la mente que actúa. El Sutra Avalokini detalla los beneficios de todos los actos de veneración hacia las estupas, desde ofrecer flores o lámparas hasta circunvalarlas, mostrando que la misma lógica kármica se aplica a cada uno de ellos.
Lo que describen estos textos es progresivo, pero integral. En vidas sucesivas, quien hace kora con una motivación genuina experimenta primero beneficios mundanos —salud, belleza, riqueza, larga vida—; luego reencarnaciones más favorables, con acceso a las enseñanzas y a maestros cualificados; después el desarrollo de cualidades espirituales —atención plena, sabiduría, fe, compasión— y, finalmente, la liberación del ciclo del renacimiento y la budeidad plena.
El kora no es, en esta visión, un complemento devocional en la práctica ‘real’. Es un camino completo en sí mismo. En palabras de John Powers, «trabaja sobre la mente del practicante, eliminando las aflicciones mentales y promoviendo el desarrollo de estados mentales virtuosos». Un entrenamiento mental con la ventaja de que se realiza en movimiento, en comunidad y en contacto con lo sagrado.
La tradición tibetana tiene una forma de expresar con claridad lo que ocurre en el proceso. El término tibetano para “iluminación” está compuesto de dos palabras: byang, que significa limpiar, eliminar, disolver; y chub, que significa crecer, florecer, desarrollar.
En cada vuelta, ambos movimientos ocurren al mismo tiempo: algo se disuelve —negatividad acumulada, oscurecimientos mentales— y algo se desarrolla —claridad, compasión, apertura—. En otras palabras, la purificación de los actos negativos y la acumulación de mérito. Dos lados de un mismo gesto circular.
La tradición llega incluso a los detalles más pequeños. Los textos aconsejan no pisar la sombra de una estupa durante la circunvalación, pues merece el mismo respeto que el monumento mismo. Si no hay forma de evitarlo, existe un mantra específico para recitar en ese momento: om bendza bega akrama hung, con la visualización de que uno ha pasado por debajo de la sombra en vez de por encima.

7. Tu primer kora
He circunvalado las estatuas del templo principal del Centro Budista Sakya de Pedreguer (España), los sitios sagrados de la vida del Buddha y también la estupa de Boudhanath. Cada vez, algo diferente. Hacer una vuelta es como un gran mundo, como vivir una vida. En esta acción cabe todo el Dharma.
Y, si quieres intentarlo, no hace falta saber mucho más que esto.
Verás que todos caminan en la misma dirección, manteniendo el objeto sagrado a su derecha. La ropa es modesta, el paso lento, la voz baja o ausente… el silencio forma parte de la práctica. Nadie fotografía ni interrumpe a quienes están en plena devoción. Si te sientas a descansar, procura que tus pies no apunten hacia el objeto sagrado.
Y si en algún momento te sientes torpe o desorientado, no te preocupes. En mi primera circunvalación alrededor de Boudhanath también quise acelerar el paso, esquivar a los que van despacio, mirar el móvil. Pero el kora te recibe tal como eres. Todo depende de lo que hagas con ese momento.
Ven como participante, no como espectador. Es una invitación a caminar, a purificarte, a despertar, no algo que observas desde afuera. Porque el circuito exterior, el de los pasos, es solo el principio. El interior, el de la mente que se transforma, no termina nunca.
No es necesario viajar a Nepal, a la India ni al Tíbet para hacer koras. Lama Zopa Rinpoché enseñó que incluso un viaje cotidiano puede convertirse en práctica:
Si simplemente vas a caminar, a las tiendas, estás en un autobús o conduces en el coche, piensa antes de salir que vas a circunvalar todos los objetos sagrados del mundo, y completa el circuito de regreso. De esa forma tu acción se vuelve virtuosa y acumulas un mérito inconcebible.
El kora, en su versión democrática, es cualquier movimiento circular realizado con intención genuina.
De vuelta al mundo
Son las 11:00 cuando salgo del circuito. Sin dar la espalda a los ojos del Buddha, me detengo un momento antes de abandonar el recinto. Tres postraciones mentales, como al entrar: manos a la frente, a la garganta y al corazón.
El sol calienta ya con fuerza. Saco el paraguas del bolso, no para la lluvia, sino para el sol. Otra mujer que camina en el mismo sentido lleva el suyo también abierto. Nos miramos y sonreímos, cómplices sin palabras.
Camino de vuelta hacia el monasterio. Reconozco la calle… los puestos de fruta y verdura, las vendedoras de lámparas, el claxon de las motos, los niños, las tiendas de telefonía. Todo igual que esta mañana y, sin embargo, distinto.
Ya no me siento tan torpe ni temerosa. Sostengo la mirada de quienes antes había esquivado. Todo se ha vuelto ligero, y siento que hay más espacio dentro de mí.
No sé muy bien cómo describirlo. Solo sé que mis pasos siguen, que algo sigue girando… en mí, y alrededor de mí… y que mañana volveré.
Ser una estupa
Al hacer koras, circunvalamos un ne, ese centro sagrado, que vuelta a vuelta, nos transforma.
¿Y si también pudiéramos nosotros ser un ne para los demás? Que una conversación, una mirada, un momento compartido inspire a quien se acerque y se transforme al igual que una estupa lo hace con quien la rodea.
Esa es quizás la aspiración más profunda del kora: ser, los unos para los otros, aquello que elegimos rodear.
Preguntas para el camino
¿Hay algo o alguien en tu vida alrededor de lo cual ya giras, aunque no lo llames kora?
¿Qué pondrías en el centro de tu círculo?
La próxima vez que des una vuelta en torno a tu barrio, a un parque, a un lago… ¿qué cambiaría si lo hicieras con intención?








6 respuestas
Gracias por compartir tu experiencia. Me ha llegado al corazón.
☸️ Agradezco tu generosa entrega, y por ofrecerme la oportunidad de resignificar mi práctica. Que esta reflexión sea causa de beneficio para todos los seres ☸️
Precioso y riguroso artículo me encanta la parte de experiencia personal.
Que bonitooooo Miriam, lo he vivido contigo mientras leía ☺️🫶🏼 gracias infinitas 🙏🏼🫂❤️❤️❤️
Gracias por compartir 🙏😃
Muchas gracias por compartir!